
La libertad en los pagos comienza con una infraestructura abierta
agosto 10, 2026
Los campus cambian las aulas por espacios de innovación
agosto 10, 2026La inteligencia artificial puede hacer algo mucho más profundo que transformar el trabajo: puede devolvernos una parte de nuestra vida.
Artículo para Neurona Magazine
8 de agosto de 2026
BOLA
Mi curiosidad por el comportamiento humano viene de hace muchos años. Las investigaciones que realicé durante mi maestría en antropología, las conversaciones tan valiosas que he tenido con mis pares, la lectura de innumerables artículos y, ahora, mi experiencia como empresario dedicado a acompañar procesos de adopción de inteligencia artificial en grandes empresas me han llevado a observar esta transformación desde distintos lugares. No solamente desde la tecnología o desde los negocios, sino desde una pregunta que me interesa mucho más: ¿qué va a significar todo esto para nosotros como seres humanos?
Y mientras más observo, leo, converso y participo directamente en esta transformación, más convencido estoy de algo: soy un radical optimista de la era en la que estamos entrando, sin lugar a dudas. No porque piense que la inteligencia artificial resolverá mágicamente nuestros problemas ni porque ignore los enormes retos que traerá consigo, sino porque creo que estamos frente a una oportunidad que pocas generaciones han tenido: cuestionar una de las estructuras que más profundamente han organizado nuestra existencia durante los últimos dos siglos, nuestra relación con el trabajo y, sobre todo, nuestra relación con el tiempo.
Durante los últimos dos siglos construimos buena parte de nuestra vida alrededor de una idea que hoy nos parece absolutamente natural: trabajar ocupa el centro de la existencia adulta. La Revolución Industrial no inventó el trabajo, por supuesto, porque la humanidad siempre ha trabajado, pero sí consolidó un modelo económico y social organizado alrededor de horarios, jornadas, fábricas, oficinas, empresas, salarios y profesiones. El tiempo comenzó a medirse en función de la productividad y, poco a poco, construimos una forma de vivir que hoy nos parece tan normal que casi nunca nos detenemos a cuestionarla.
Trabajamos para obtener un ingreso y con ese ingreso pagamos vivienda, alimentación, educación, salud, entretenimiento y descanso. Después descansamos para poder volver a trabajar. Y educamos a nuestros hijos, en buena medida, para que algún día puedan incorporarse exitosamente a ese mismo sistema. Si lo pensamos con detenimiento, resulta extraordinario: desde el kindergarten hasta la universidad, una parte enorme del sistema educativo está orientada a preparar personas para su futura inserción laboral. Preguntamos a los niños qué quieren “ser cuando sean grandes” y casi siempre esperamos como respuesta una profesión: médico, abogado, ingeniera, arquitecto, empresario. Confundimos, sin darnos demasiada cuenta, lo que hacemos para vivir con lo que somos.
Después llega la edad adulta y el modelo termina por ocupar prácticamente toda nuestra cotidianidad. Dormimos aproximadamente ocho horas, trabajamos otras ocho —muchas veces más— y utilizamos una parte adicional del día trasladándonos, respondiendo mensajes, preparándonos para trabajar o simplemente pensando en problemas relacionados con el trabajo. Durante décadas repetimos esa rutina y la llamamos vida.
Y es precisamente ahí donde está entrando la inteligencia artificial. Muchísima de la conversación actual sobre inteligencia artificial se concentra en una pregunta absolutamente comprensible: ¿qué trabajos va a reemplazar la IA? Pero creo que existe otra pregunta mucho más interesante y, quizá, mucho más profunda: ¿qué parte de nuestro tiempo podría devolvernos?
La inteligencia artificial generativa y los sistemas autónomos comienzan a realizar actividades que hasta hace muy poco requerían cantidades enormes de trabajo humano: analizar información, programar, investigar, traducir, diseñar, redactar, atender solicitudes, organizar procesos, producir contenidos, interpretar datos y coordinar tareas. Y esto apenas comienza. Por supuesto que aparecerán nuevas profesiones y que seguiremos trabajando; además, esta transición no será automática, uniforme ni necesariamente justa. Habrá enormes discusiones económicas, sociales, educativas y políticas sobre cómo distribuir los beneficios de esta nueva productividad. Pero detrás de todas esas discusiones existe una posibilidad histórica que me parece fascinante: ¿qué ocurriría si producir lo necesario para sostener nuestras sociedades requiriera progresivamente menos horas de trabajo humano?
Durante siglos soñamos con tener más: más riqueza, más bienes, más capacidad productiva, más tecnología, más crecimiento. Quizá la siguiente revolución consista en algo completamente distinto: necesitar trabajar menos para poder vivir más.
Y entonces aparece una pregunta para la cual, curiosamente, no hemos sido educados: ¿qué vamos a hacer con el tiempo? Porque existe una posibilidad inquietante, y es que la tecnología nos entregue tiempo y nosotros simplemente lo utilicemos para producir todavía más. Más correos, más reuniones, más presentaciones, más negocios, más contenido, más dinero y más velocidad. Sería una enorme ironía histórica que construyéramos las máquinas más poderosas que jamás hayan existido para liberarnos de una parte del trabajo y decidiéramos utilizar esa libertad exclusivamente para trabajar todavía más.
Pero existe otra posibilidad, y esa es la que verdaderamente me entusiasma. Podríamos recuperar actividades que durante décadas hemos relegado a los márgenes de nuestras agendas precisamente porque “no son productivas”: caminar, leer, conversar largamente, escuchar música, cocinar, hacer ejercicio, contemplar, aprender algo sin preguntarnos para qué nos servirá profesionalmente, cuidar nuestra salud física y mental, conocer a nuestros vecinos, hacer comunidad, participar más profundamente en la vida de nuestros hijos, cuidar a nuestros padres, cultivar amistades, explorar nuestra espiritualidad, estar solos, pensar, jugar o, incluso, simplemente no hacer nada. Quizá uno de los grandes privilegios del futuro sea precisamente éste: vivir sin necesidad de justificar económicamente cada hora de nuestra existencia.
Y aquí encuentro algo que me parece todavía más interesante. Después de generaciones enteras organizadas alrededor del trabajo, quizá muchas personas no sabrían qué hacer si recuperaran una parte significativa de su tiempo, porque el trabajo no solamente nos proporciona ingresos. También nos proporciona estructura, horarios, reconocimiento, identidad, relaciones y metas; incluso nos da una respuesta muy sencilla a una de las primeras preguntas que hacemos cuando conocemos a alguien: “¿A qué te dedicas?”. Nos hemos acostumbrado tanto a explicar quiénes somos a partir de nuestro trabajo que quizá la transformación provocada por la inteligencia artificial termine siendo mucho más psicológica, filosófica y cultural que tecnológica.
Tendremos que volver a preguntarnos quiénes somos cuando dejamos de presentarnos mediante nuestra profesión. ¿Quién eres cuando no estás trabajando? ¿Qué te emociona? ¿Qué quieres aprender aunque nunca puedas monetizarlo? ¿Qué haces simplemente porque disfrutas hacerlo? ¿Qué relación tienes con tu cuerpo, con la música, con los libros, con tus amigos, con tu ciudad, con el silencio, con la naturaleza o con tu espiritualidad? ¿Sabes contemplar? ¿Sabes jugar? ¿Sabes estar contigo mismo? Quizá estas preguntas parezcan secundarias frente a la magnitud de la revolución tecnológica que estamos viviendo, pero yo pienso exactamente lo contrario: podrían convertirse en algunas de las preguntas más importantes del siglo XXI.
Durante los últimos años hemos insistido en que las personas necesitan prepararse para la inteligencia artificial y estoy completamente de acuerdo. Tenemos que aprender nuevas herramientas, desarrollar pensamiento crítico, comprender sus riesgos, establecer modelos de gobierno, transformar empresas y adquirir nuevas habilidades. Pero quiero agregar algo que para mí comienza a ser igualmente importante: también tenemos que prepararnos para el tiempo que la inteligencia artificial puede ayudarnos a recuperar.
Y podemos comenzar ahora. Pongamos atención a aquello que amamos y que no aparece en nuestro currículum. Construyamos intereses que no tengan relación con nuestra profesión. Leamos sobre disciplinas diferentes a la nuestra, hagamos ejercicio, escuchemos música, aprendamos historia, filosofía, arte, astronomía o antropología, cultivemos amistades, hagamos comunidad, cuidemos nuestro cuerpo, exploremos nuestra espiritualidad y conozcámonos fuera de nuestro contexto profesional. Porque quizá durante generaciones nos preparamos para trabajar y ahora tendremos que aprender algo aparentemente mucho más sencillo, pero posiblemente mucho más difícil: aprender a vivir.
No sé si la inteligencia artificial nos llevará inevitablemente al mejor de los tiempos. Ninguna tecnología garantiza por sí misma una sociedad mejor y eso dependerá de las decisiones económicas, políticas, empresariales y humanas que tomemos. Pero sí creo profundamente que tenemos frente a nosotros una oportunidad extraordinaria: utilizar nuestra inteligencia para construir máquinas capaces de encargarse de una parte creciente del trabajo y, con ello, recuperar algo que ninguna civilización ha tenido verdaderamente en abundancia: tiempo humano. Tiempo para pensar, cuidar, aprender, amar, conocernos y disfrutar de estar vivos.
Tal vez ésa termine siendo la verdadera revolución de la inteligencia artificial: no producir más, sino vivir mejor.
Y entonces la pregunta ya no será únicamente si estamos preparados para trabajar en la era de la inteligencia artificial. La pregunta será mucho más hermosa: ¿estamos preparados para vivir en ella? Después de tantos años observando el comportamiento humano, estudiándolo desde la antropología y ahora viviendo desde dentro esta revolución como empresario, yo tengo una respuesta. Soy un radical optimista. Creo que estamos entrando en una de las mejores etapas que ha tenido la humanidad y que, si hacemos bien las cosas, la inteligencia artificial no solamente nos permitirá hacer más. Puede ayudarnos a recuperar algo mucho más importante: tiempo para ser más humanos. Yo estoy listo. ¿Y tú?
BOLA
Alright, already, we’ll all float on, alright…
Float On — Modest Mouse



