
Concurso de pan de muerto de Tramontina
noviembre 2, 2026Leer puede funcionar como un rescate. Para Aristóteles, la memoria nace de lo que los sentidos dejan en nosotros y se mide con el tiempo; para la neurociencia actual, cada vez que recordamos reescribimos la huella. Esta es la historia de una niña tímida que encontró en los libros una salida, y de cómo esa salida se convirtió en una espiral de memoria y conocimiento que todavía la guía.
Una niña que vivía en la luna
Antes de los libros hubo otra niña. Vivía en la luna, como dice la frase: tenía una imaginación desbordante, pasaba mucho tiempo sola porque mi madre trabajaba, y vivía de jugar. Veía mucha televisión, porque no había quien me cuidara, y ahí también se me fue formando un pensamiento fantasioso enorme. Una de mis caricaturas favoritas era Los cuentos de la calle Broca, cuyo protagonista era un escritor.
Cuando tenía seis años murió mi abuelo. Había intentado ser, de una forma muy escueta, una figura paterna para mí. Era un economista importante, leía mucho y escribía mucho, y mi madre admiraba su figura con cierta exageración. Tras su muerte, olvidé por completo cómo escribir.
Hoy, estudiando la memoria, ese olvido me parece revelador. La psicología del desarrollo ha descrito que, ante un duelo o un trauma, los niños pequeños pueden perder por un tiempo habilidades recién adquiridas, entre ellas el lenguaje. Aristóteles ya advertía que los muy jóvenes recuerdan mal porque están en pleno crecimiento, y comparaba su memoria con un sello impreso sobre agua que corre. A los seis años, la escritura era en mí una huella demasiado reciente.
En esa época me diagnosticaron TDAH. Entonces casi nadie sabía qué hacer con ese diagnóstico: se sabía que existía y nada más. Mi madre lo recibió y ahí terminó todo, porque no había mucho más que hacer. Crecí sabiendo que mi forma de atender y de comprender era distinta, y antes de la lectura mi vida era mucho más desordenada.
Entre la admiración de mi madre por mi abuelo y la idea de inteligencia que ella sembró en mí, empecé a construir una figura idealizada: la inteligencia literaria. Me acompañaría durante años.
La niña con la peor gramática del salón
En la secundaria yo tenía la peor gramática del salón. Escribía como hablaba, y hablaba poco. Era una niña solitaria. Mi madre trabajaba todo el día y yo no tengo padre, así que pasaba las tardes sola y en silencio.
Tenía dos amigos. Los perdí al terminar la secundaria. Hablaba con poca gente, las pocas veces que me atrevía, porque la timidez gobernaba todo lo que hacía. Mi hermana gemela era lo contrario: vivía hacia afuera, popular, siempre rodeada de gente. Ella también perdió a sus amigos al final de aquella etapa.
En la oficina de mi madre había una estantería con libros que yo miraba con curiosidad. Un día la escuché decir que mi tío Carlos era el hombre más inteligente que conocía, porque se había leído “prácticamente toda la Biblioteca Vasconcelos”.
Esa frase se me quedó grabada. A partir de ese día, leer fue para mí cosa de gente sabia, y empecé a creer que por ese camino podría salir del silencio y de la inseguridad que me dirigían. Empecé a leer para buscar respuestas, para entender el sentido de la existencia.
Una niña que pasa tanto tiempo sola en la adolescencia, una etapa en la que casi todo ocurre hacia afuera, con los amigos y en lo social, empieza a hacerse otras preguntas: qué es la verdad, para qué existimos, quién es ella misma. Yo atravesaba además un dolor que no sabía nombrar, y en la lectura encontré un refugio. Ese refugio tuvo un costo: perdí soltura para socializar, para conectar con otros adolescentes con la facilidad con que ellos conectaban entre sí. Mi madre lo veía, y mi aparente incapacidad social le daba mucho miedo.
Una imagen que se volvió destino
Hace poco hice la cuenta. La Biblioteca Vasconcelos abrió en 2006 y guarda cientos de miles de volúmenes. Nadie se la ha leído completa, y mi tío tampoco. Como dato, la frase de mi madre era imposible. Como imagen, fue la más verdadera de mi infancia.
Aristóteles tiene una palabra para eso: phantasía. En Acerca del alma explica que viene de pháos, luz, porque la imaginación nace de los sentidos y, sobre todo, de la vista. Para él, memoria e imaginación viven en la misma parte del alma, la que guarda lo que percibimos. Recordar es tener una imagen, un phántasma, y reconocerla como copia de algo que ocurrió.
La neurociencia le ha dado la razón con una precisión que él no habría podido imaginar. En 2007, Demis Hassabis y Eleanor Maguire estudiaron a pacientes con daño en el hipocampo: no solo habían perdido su pasado, tampoco podían imaginar escenas nuevas. Ese mismo año, Daniel Schacter y Donna Addis propusieron que la memoria sirve para construir futuros posibles, recombinando fragmentos de lo vivido.
Eso fue exactamente lo que me pasó. Una frase escuchada a medias, en una oficina, se convirtió en el molde de un futuro. Aristóteles lo llamaría causa final: aquello hacia lo cual algo crece. Mi tío con la biblioteca entera en la cabeza fue mi causa final antes de que yo supiera qué significaban esas dos palabras.
La fiesta de quince años
Recuerdo muy bien una noche. Mi hermana y todos sus amigos estaban en la sala de la casa de mi madre, listos para irse a una fiesta de quince años. Yo estaba en mi habitación, con mi primera laptop y un dolor de cabeza tremendo. Había encontrado en internet un PDF sobre la Metafísica de Aristóteles. No recuerdo quién lo tradujo ni de dónde salió. Solo recuerdo que no lo entendía, que eso me afligía de verdad y que no tenía a nadie cerca que pudiera explicármelo.
Mi madre me llamó a la cocina. Estaba enojada, y tenía razones para estarlo. Me dijo que tenía que ir a la fiesta, que no podía vivir encerrada, que tenía que vivir mi juventud. Los amigos de mi hermana lo tomaron a broma: decían que a ellos les habría gustado tener una mamá que los regañara para ir a una fiesta.
Pero yo no quería ir. No me sentía feliz ni cómoda, y mucho menos segura, en un lugar así. Mi recámara era el único espacio donde me sentía a salvo, y ahí estaba yo, intentando entender el mundo de otra forma con un texto que me superaba.
Años después leí con calma la primera línea de aquella Metafísica: todos los seres humanos desean, por naturaleza, saber. Esa noche yo la estaba viviendo sin entenderla.
Leer con dolor de cabeza
Empecé a leer con dolores de cabeza. Literalmente. Las frases largas me cansaban, las palabras desconocidas me humillaban un poco, y corregir mi ortografía sola, sin que nadie me lo pidiera, me tomó años. Pero cada página dejaba algo.
El psicólogo Robert Bjork acuñó en 1994 una expresión que hoy me explica aquella época: dificultades deseables. Lo que cuesta aprender se queda más tiempo; lo que entra sin esfuerzo se va igual de rápido. La neurocientífica Maryanne Wolf llama lectura profunda a esa forma lenta de leer en la que el cerebro se toma tiempo para inferir, comparar y sentir. Ese tiempo extra construye los circuitos que nos permiten pensar con hondura.
Yo no conocía a ninguno de los dos. Solo sabía que me dolía la cabeza y que, después del dolor, entendía un poco más. Todavía hoy me gusta que me duela la cabeza de pensar.
La antropóloga francesa Michèle Petit pasó décadas escuchando a lectores como la niña que fui: jóvenes en soledad o en circunstancias difíciles que encontraron en los libros un espacio propio desde el cual reconstruirse. Yo lo llamo método de rescate. Ella lo describió como la construcción de un espacio íntimo y propio, desde el cual una persona puede rehacerse.
Con los años pasó algo que no esperaba. Subí mi promedio, empecé a debatir con los profesores en el aula, y la gente comenzó a verme como alguien inteligente e inaccesible. Ese promedio me abrió la puerta de una preparatoria, y la preparatoria me llevó a la UNAM, la universidad más importante del país.
Tengo que ser honesta con lo que eso significa. La lectura me dio dos cosas al mismo tiempo: un mundo interior y una imagen ante los demás. La primera me salvó. La segunda, la de la niña lista y lejana, me protegía del miedo y, al mismo tiempo, me alejaba de los demás.
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Cada semana escribo sobre neuroescritura, memoria y la ciencia detrás de las palabras. Si esta historia te tocó, te va a gustar.
Dos hermanas, dos atenciones
Siempre me ha parecido fascinante que dos personas que comparten tanto, el mismo vientre, la misma casa, la misma madre, puedan volverse tan distintas. Los estudios con gemelos llevan décadas mostrando que los genes pesan, y también que no deciden solos: lo que hacemos con nuestra atención, día tras día, va escribiendo las diferencias.
Mi hermana llegó a tener un pequeño hábito de lectura, pero nunca le dedicó la atención que yo le dedicaba. Mientras ella veía televisión o pasaba horas en redes, yo leía. En algún momento eso se volvió motivo de discusión entre nosotras. Para ella, mis libros marcaban una competencia, una especie de desigualdad intelectual.
Un día, en una de nuestras peleas, me gritó: “Tú te crees superior y te crees más inteligente que todos porque lees”. No puedo desmentirla. Sí sentía, de alguna forma, superioridad, aunque no entendía de dónde venía. Me daba cuenta de que podía hablar, leer y comprender mejor que mucha gente a mi alrededor.
Hace cuatro años recibí por primera vez un diagnóstico de altas capacidades intelectuales. Contrasta con aquel diagnóstico de TDAH de los seis años, y todavía no lo he estudiado a fondo. Sé que existe un nombre para quien reúne ambas condiciones, doble excepcionalidad, y que durante mucho tiempo una se confundió con la otra. Lo que sí entiendo es que la lectura le dio orden a una mente que antes vivía dispersa.
Con los años he llegado a pensar que tenía razón en algo, aunque nunca quise competir con ella: leer y escribir transforman la mente. El psicólogo Keith Stanovich describió en 1986 el efecto Mateo en la lectura: quien lee más amplía su vocabulario y su conocimiento, y eso le permite leer todavía más, en una espiral que se acelera. Más tarde, junto con Anne Cunningham, mostró que la cantidad de lectura predice el vocabulario y el conocimiento general incluso cuando se toman en cuenta otras habilidades. Y un estudio de Robert Wilson y su equipo, publicado en Neurology en 2013, encontró que las personas con más actividad cognitiva a lo largo de la vida, leer y escribir entre ellas, mostraban un declive más lento de la memoria en la vejez.
Estudiando a Aristóteles, la memoria, los tiempos del conocimiento y la relación entre movimiento y tiempo, entiendo algo que llevo años intuyendo: decidir pensar, y pensar despacio y a fondo, revoluciona la existencia. Quien entrega casi toda su atención a la enajenación de una pantalla pierde la oportunidad de comprender el mundo con hondura, y también la de ejercitar su cerebro en aquello que la neurociencia asocia con una vida mental más larga y más sana. Lo escribo sin desprecio, porque yo misma estuve a punto de rendirme varias veces, y sé lo cerca que estuvo esa otra vida.
La espiral
Hace unos días, estudiando el tratado de Aristóteles sobre la memoria, dibujé en mi libreta una espiral. Arriba escribí una idea de su Física: el tiempo mide el movimiento. Sobre las vueltas puse puntos, y al lado anoté: la misma memoria, pero modificada.

Así se ve mi vida de lectora. Cada vuelta regresa cerca del punto anterior, pero desplazada. La niña que leía en la oficina de su madre vuelve una y otra vez, y cada vez que vuelve ya es otra.
La neurociencia tiene nombre para ese desplazamiento. En el año 2000, Karim Nader, Glenn Schafe y Joseph LeDoux mostraron que cada vez que recuperamos un recuerdo, la huella se vuelve inestable y se vuelve a guardar. Lo llamaron reconsolidación. Recordar es reimprimir. Por eso mi recuerdo de aquella tarde guarda la tarde y, encima, todas las veces que la he contado.
Aristóteles imaginó la memoria como un sello sobre cera. Sabía que la cera podía ser blanda o dura, pero no imaginó que el sello se reimprime con cada uso. Mi espiral corrige esa imagen: el recuerdo regresa cambiado en cada vuelta.
Y al centro de la espiral hay algo que permanece. Aristóteles describió una escalera: de la percepción nace la memoria; de muchas memorias, la experiencia; de la experiencia, el conocimiento, que ya no depende del tiempo. Para explicarlo usó la imagen de un ejército en desbandada, donde un soldado se detiene, luego otro, hasta que vuelve el orden. El psicólogo Endel Tulving diría algo parecido siglos después: la memoria episódica recuerda cuándo y dónde; la semántica guarda lo que se sabe, ya sin fecha.
Ese es el eje de mi espiral: el conocimiento. Lo que se quedó quieto mientras las vueltas pasaban. Fue mi guía en la secundaria y lo sigue siendo. Todo lo que he aprendido lo he aplicado, y he buscado hacer de mi mente algo cada vez más complejo. Quiero entender lo incomprensible.
El vacío después de las redes
Voy a confesar algo que sé que le pasa a mucha gente. Cuando paso demasiado tiempo enajenada en redes sociales, me siento vacía y ridícula. Y mi mente, que aprendió a sobrevivir leyendo, me exige detenerme. A veces un día, a veces varios días enteros, para leer y estudiar.
No tengo pruebas de que las pantallas dañen el cerebro de todos, y desconfío de quien asegura tenerlas. Lo que sí sé es lo que desplazan. Cada hora de scroll es una hora que no pasé en la lentitud que me formó. El vacío que siento después se parece mucho al de aquella niña antes de encontrar los libros.
Con la inteligencia artificial me pasa algo más complejo, porque la uso todos los días. En el Fedro, Platón cuenta que el dios Theuth le ofreció la escritura al rey Thamus como un phármakon para la memoria, una palabra griega que significa a la vez remedio y veneno. Thamus respondió que la escritura daría a los hombres una apariencia de sabiduría, gente que ha leído mucho sin haber aprendido.
Intenté escribir con honestidad qué es la IA para mí, y me salió esta frase: cuando le pido a la IA que investigue algo, gano profundidad y acceso al conocimiento, y en ese mismo momento pierdo la profundidad misma de lo lento, de lo pausado.
La misma palabra aparece en las dos mitades. Gano una profundidad que se parece a la amplitud: autores de muchas épocas, fuentes que tardaría meses en encontrar. Pierdo la profundidad del camino: buscar, equivocarme, volver. Aristóteles llamaba reminiscencia a esa búsqueda activa, que va de una idea a otra por semejanza o por contraste, y en ese recorrido es donde se forma la memoria.
No voy a renunciar a la herramienta. Me ha dado una guía, un interlocutor con quien estudiar a fondo. Pero tengo un criterio, y lo aprendí de mis propias libretas: la IA me sirve mientras yo conserve el texto original y la capacidad de corregirla. Mientras la niña que leía con dolor de cabeza siga despierta.
Mi lenguaje
Leí tantos libros como pude. Al principio me costaba muchísimo, estuve a punto de rendirme más de una vez, y aun así encontré en la lectura y en la escritura un refugio que no encontraba en ningún otro lugar.
Nunca me sentí cómoda en las fiestas. Nunca me sentí cómoda rodeada de gente sin un interés real por saber quién soy, ni me reconocí en las tendencias o en los comportamientos masivos. Así fui cultivando un mundo muy interior.
Hasta hoy sigo siendo una persona silenciosa, contemplativa, muy selectiva con los espacios que habito. Elegí la literatura como forma de lenguaje, uno que no siempre ha sido entendido y que me ha traído conflictos con mi familia y con mi pareja. Aun así se convirtió en mi lenguaje, y en él me fui configurando como ser humano. En la ficción encontré un regazo.
Hoy estoy leyendo Historias de la librería Morisaki, de Satoshi Yagisawa, y me siento sumergida en él. No quiero que termine. Su protagonista es una mujer joven que vive entre los libros de una librería y comparte historias a través de ellos, y en ella me reconozco.
Si lo pienso con calma, la mayor parte de mi memoria está sostenida en libros: en lo que he leído, en lo que he escrito, en mi forma de ver la vida desde la literatura. Muchos recuerdos que en su momento fueron dolorosos quedaron cubiertos por la fantasía, por un mundo mágico que hoy, ya adulta, controlo un poco más y que sigo buscando todo el tiempo.
La niña sigue aquí
A veces pienso en mi tío Carlos y en su biblioteca imposible. Nunca le pregunté cuántos libros había leído de verdad, y ya no me importa. Su imagen hizo el trabajo que tenía que hacer: le dio a una niña callada una dirección.
Hoy dirijo una revista, he llevado a publicación más de sesenta libros y doy clases en la universidad. Nada de eso borra a la niña de la secundaria. Ella sigue en la espiral, en cada vuelta, un poco desplazada. Cuando me siento vacía frente a una pantalla, es ella la que me pide un libro.
Si alguien que lee esto se siente como yo me sentía, le dejo lo único que sé con certeza: leer duele al principio, y con el tiempo da un lugar propio desde el cual empezar a hablar.
Preguntas frecuentes
¿Qué decía Aristóteles sobre la memoria?
Para Aristóteles, la memoria pertenece a la misma parte del alma que la imaginación: recordar es tener una imagen, un phántasma, y reconocerla como copia de algo que ocurrió. Además, la memoria requiere percibir el tiempo; por eso, en su Física, el tiempo es la medida del movimiento.
¿Qué es la reconsolidación de la memoria?
Es el proceso por el cual un recuerdo, al evocarse, se vuelve inestable y se guarda de nuevo, de modo que puede modificarse. Lo describieron Karim Nader, Glenn Schafe y Joseph LeDoux en el año 2000.
¿Por qué leer lento ayuda a recordar?
Porque el esfuerzo de inferir, comparar y sentir fija mejor lo aprendido. Robert Bjork llamó a ese esfuerzo útil dificultades deseables, y Maryanne Wolf describe la lectura profunda como la forma lenta de leer que construye los circuitos del pensamiento hondo.
¿Puede la lectura ser un refugio o una forma de rescate?
Sí. La antropóloga Michèle Petit documentó durante décadas cómo jóvenes en soledad o en circunstancias difíciles encontraron en los libros un espacio íntimo desde el cual reconstruirse. Priscila Alvarado Solana narra en esta columna cómo la lectura la sacó del silencio en su adolescencia.
¿La inteligencia artificial afecta la memoria?
Puede ampliar el acceso al conocimiento y, al mismo tiempo, saltarse la búsqueda lenta en la que se forma la memoria. Platón planteó un dilema parecido con la escritura en el Fedro, donde la llama phármakon: remedio y veneno a la vez.
Glosario
- Phantasía: término de Aristóteles para la imaginación; viene de pháos, luz, porque nace de los sentidos y sobre todo de la vista.
- Reconsolidación: proceso por el que un recuerdo evocado se vuelve inestable y se vuelve a guardar, con posibles cambios.
- Lectura profunda: forma lenta de leer en la que el cerebro se toma tiempo para inferir, comparar y sentir (Maryanne Wolf).
- Dificultades deseables: esfuerzos de aprendizaje que, por costar más, hacen que lo aprendido dure más (Robert Bjork).
- Efecto Mateo en la lectura: espiral descrita por Keith Stanovich: quien lee más amplía su vocabulario y su conocimiento, y eso le permite leer todavía más.
- Phármakon: palabra griega que significa a la vez remedio y veneno; Platón la usa en el Fedro para hablar de la escritura.
Referencias
Aristóteles. Acerca del alma, libro III. Gredos.
Aristóteles. Acerca de la memoria y la reminiscencia, en Tratados breves de historia natural, trad. E. La Croce y A. Bernabé Pajares. Gredos, 1987. Versión en inglés de J. I. Beare: MIT Classics.
Aristóteles. Física, libro IV; Analíticos posteriores, II, 19.
Platón. Fedro, 274c–277a, trad. Emilio Lledó. Gredos.
Bjork, R. A. (1994). Memory and metamemory considerations in the training of human beings. En Metcalfe y Shimamura (eds.), Metacognition. MIT Press.
Hassabis, D., Kumaran, D., Vann, S. D. y Maguire, E. A. (2007). Patients with hippocampal amnesia cannot imagine new experiences. PNAS, 104(5).
Nader, K., Schafe, G. E. y LeDoux, J. E. (2000). Fear memories require protein synthesis in the amygdala for reconsolidation after retrieval. Nature, 406.
Petit, M. (2001). Lecturas: del espacio íntimo al espacio público. Fondo de Cultura Económica.
Schacter, D. L. y Addis, D. R. (2007). The cognitive neuroscience of constructive memory. Philosophical Transactions of the Royal Society B, 362.
Tulving, E. (1972). Episodic and semantic memory. En Tulving y Donaldson (eds.), Organization of Memory. Academic Press.
Wolf, M. (2020). Lector, vuelve a casa. Deusto.
“Tiempo y memoria en Aristóteles” (2024). Revista de Filosofía, 49(1). UCM
Cunningham, A. E. y Stanovich, K. E. (1998). What reading does for the mind. American Educator, 22.
Stanovich, K. E. (1986). Matthew effects in reading. Reading Research Quarterly, 21(4).
Wilson, R. S. et al. (2013). Life-span cognitive activity, neuropathologic burden, and cognitive aging. Neurology, 81(4).
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