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julio 8, 2026Hace unos diez años, caminando por el Museo de América en Madrid — ese edificio discreto frente a la Ciudad Universitaria, a unos pasos de la Complutense — me quedé helado frente a una vitrina. Ahí estaba: un cinturón de piedra taíno, una pieza que, según la tradición museográfica, llegó a España en los primeros viajes de Cristóbal Colón. Los taínos, como se sabe, habitaban la isla que los europeos llamaron La Española, hoy República Dominicana y Haití.
Pero no fue la pieza en sí lo que me detuvo. Fue el déjà vu.
Ese cinturón de piedra era asombrosamente parecido a los yugos de piedra que se han encontrado en lo que hoy es territorio mexicano — en El Tajín, en Tres Zapotes, en La Venta — y que formaban parte del conjunto ritual del juego de pelota mesoamericano, junto con las palmas y las hachas. Piezas separadas por más de dos mil kilómetros de mar, creadas por culturas que, según la versión oficial, nunca se conocieron. Y sin embargo, ahí estaban: la misma forma de herradura, los mismos rostros tallados, la misma solemnidad de un objeto que no es utensilio sino símbolo.
En ese momento, parado frente a la vitrina, me hice la pregunta que hoy quiero compartirles: ¿será que existía un deporte regulado internacional antes de la llegada de los españoles? ¿Un juego que la gente disfrutaba, seguía y celebraba como hoy vivimos el futbol? ¿Será que había — permítanme la irreverencia — una especie de FIFA prehispánica que vinculaba a todas esas culturas alrededor de una misma emoción?
La arqueología, hay que decirlo con honestidad, es prudente. Los yugos mesoamericanos pertenecen sobre todo al Preclásico y al Clásico; los cinturones taínos, asociados a los bateyes — las plazas del juego de pelota antillano — son del Posclásico tardío, apenas dos o tres siglos antes de 1492. Y hasta hoy no hay evidencia concluyente de contacto directo entre Mesoamérica y el Caribe en relación con estos objetos. Los especialistas debaten incluso si los cinturones taínos se usaban durante el juego o eran objetos ceremoniales de prestigio.
Lo sé. Y aun así, yo estoy convencido de que esas culturas estaban interconectadas de alguna u otra manera.
Por supuesto que la navegación es parte de la respuesta — los pueblos del Caribe eran navegantes formidables, y el Golfo de México nunca fue una muralla sino una avenida. Pero mi convicción no descansa únicamente en las canoas. Descansa en algo más profundo: el propósito que habita en la pasión deportiva.
Porque pensemos en lo que ambas culturas construyeron alrededor de una pelota de hule: canchas monumentales, reglas, rituales, apuestas, jerarquías, mitos fundacionales. El Popol Vuh cuenta la historia de los gemelos que jugaron pelota contra los señores del inframundo. Los taínos organizaban su vida comunitaria alrededor del batey. Dos pueblos, dos mares, una misma intuición: que un juego puede ser el centro de gravedad de una civilización.
Eso es lo que me estremeció en Madrid. No la similitud de las piedras — la similitud de las almas.
Hoy, cinco siglos después, seguimos haciendo exactamente lo mismo. Llenamos estadios, tallamos nuestros propios yugos (les llamamos trofeos), y nos emocionamos objetivamente — con el corazón en la garganta — por el destino de una pelota. La FIFA no inventó nada: heredó, sin saberlo, una tecnología social milenaria de este continente. La tecnología de convertir el juego en pertenencia, la competencia en comunidad, la emoción en identidad.
Y aquí viene la reflexión que me llevo a mi propio terreno, el de la adopción tecnológica: las redes más poderosas de la historia no se construyeron primero con infraestructura, sino con propósito compartido. Antes del cable submarino y antes de internet, una pasión común ya conectaba islas y continentes. Cuando hoy hablamos de conectar organizaciones, equipos y culturas alrededor de la inteligencia artificial, haríamos bien en recordar la lección de los yugos de piedra: la interconexión verdadera no empieza en la tecnología. Empieza en la emoción que nos hace sentir parte de un mismo juego.
Quizá nunca encontremos el acta fundacional de la FIFA prehispánica. Pero cada vez que un estadio ruge al unísono — en Monterrey, en Santo Domingo o en Madrid — yo escucho el eco de aquellas canchas antiguas. Y me convenzo, una vez más, de que ya estábamos conectados mucho antes de que alguien “descubriera” nada.
Gerardo “Bola” Juárez Lozano es Presidente del Consejo de CompuEducación y columnista de Neurona Magazine.



