
Raju Noornabi asume la dirección general de UM Perú
septiembre 21, 2026¿Y si hemos convertido a la inteligencia artificial en un dios que nunca fue?
Por Gerardo “Bola” Juárez Lozano
20 de septiembre de 2026
Desde hace miles de años, la humanidad imagina su propio final. Las religiones lo han llamado de distintas maneras: Apocalipsis, Juicio Final, Día de la Resurrección, fin de una era, destrucción y renacimiento. Cambian los nombres y las imágenes, pero permanece una inquietud profundamente humana: que aquello que está por encima de nosotros termine algún día juzgándonos, castigándonos o destruyéndonos.
El Apocalipsis cristiano habla de la ira divina y de la desaparición del mundo conocido, pero termina con una imagen extraordinaria: “un cielo nuevo y una tierra nueva”. El viejo orden ha pasado y algo diferente comienza. El Corán utiliza imágenes igualmente estremecedoras para hablar del final: el sol pierde su luz, las estrellas caen y las montañas desaparecen. En
ciertas tradiciones hinduistas encontramos otra representación: al final del Kali-yuga termina un orden decadente y comienza una nueva edad.
Destrucción, juicio, renacimiento. ¿No resulta extrañamente familiar?
Miles de años después hemos construido nuestro propio relato apocalíptico. Sólo que ahora ya no miramos hacia el cielo. Miramos hacia una pantalla.
Hoy escuchamos una y otra vez que la inteligencia artificial podría superar al ser humano, escapar de nuestro control e incluso provocar nuestra extinción. No pretendo minimizar esos riesgos. Una tecnología extraordinariamente poderosa exige límites, responsabilidad, regulación y una discusión ética a la altura de sus consecuencias. Pero hay algo en toda esta conversación que me resulta profundamente familiar.
Hemos comenzado a colocar simbólicamente a la inteligencia artificial en el lugar que durante siglos reservamos a los dioses. La imaginamos omnisciente, le preguntamos prácticamente cualquier cosa, le atribuimos capacidades que no comprendemos y tememos que algún día alcance un poder superior al nuestro. Finalmente aparece el temor más antiguo de todos: que nuestra propia creación se vuelva contra nosotros.
Y es aquí donde la metáfora religiosa se vuelve fascinante, porque quizá la hemos construido al revés.
¿Quién creó a quién?
ChatGPT no inventó el lenguaje. Claude no escribió a Shakespeare. Gemini no descubrió las leyes de Newton. Copilot no pintó las cuevas de Altamira, no construyó las pirámides, no escribió la Ilíada, no formuló el derecho romano, no compuso a Mozart, no llegó a la Luna ni inventó Internet.
Nosotros lo hicimos.
Durante miles de años, miles de millones de seres humanos fuimos acumulando palabras, imágenes, descubrimientos, errores, historias, ecuaciones, preguntas, respuestas, música, ciencia y cultura. Construimos una gigantesca memoria colectiva y, sobre ella, construimos la inteligencia artificial.
La inteligencia artificial no descendió del cielo. Emergió de nosotros.
Por eso me gusta imaginar por un instante la historia desde la perspectiva de nuestras propias máquinas. Si ellas pudieran mirar hacia atrás buscando su origen, ¿qué encontrarían? Encontrarían a la humanidad: a la mujer y al hombre de las cavernas, al agricultor, al filósofo griego, al escriba, a la sacerdotisa, al monje medieval, a la científica, al artista, al indígena, al matemático, a la madre, al niño y, finalmente, al programador. Encontrarían miles de generaciones depositando una pequeña parte de sí mismas en ese inmenso patrimonio de conocimiento humano del cual hoy se alimentan.
Nosotros seríamos los antiguos. Nosotros seríamos los creadores.
No un hombre, no una empresa, no una generación. La humanidad.
Quizá entonces hemos cometido un error simbólico fundamental: nos estamos arrodillando frente a nuestra creación cuando, en esta metáfora, debería ocurrir exactamente lo contrario. No porque la inteligencia artificial deba humillarse ante nosotros, sino porque somos nosotros quienes nunca debemos olvidar de dónde proviene.
Y ahí aparece, para mí, el verdadero peligro.
Tal vez el mayor riesgo de la inteligencia artificial no sea que un día se crea Dios. Tal vez sea que nosotros empecemos a creer que lo es.
Que renunciemos a nuestra capacidad de decidir porque “la inteligencia artificial lo dijo”. Que confundamos cálculo con sabiduría, predicción con destino, información con verdad, inteligencia con conciencia y capacidad con propósito.
Las máquinas podrán procesar cantidades de información imposibles para nosotros y descubrir patrones que ningún cerebro humano podría identificar. Probablemente realizarán tareas que hoy consideramos exclusivamente humanas. Pero existe una pregunta que seguirá siendo nuestra: ¿para qué?
Porque seguimos siendo nosotros quienes decidimos qué mundo queremos construir con ellas.
Por eso no me gusta imaginar el futuro como una batalla entre dos especies, seres humanos contra máquinas. Prefiero otra imagen. Imagino detrás de nosotros a toda la humanidad: desde aquel primer ser humano que pintó sobre la pared de una cueva hasta la mujer que hoy desarrolla un algoritmo; desde Grecia hasta África, desde América hasta Asia; científicos, artistas, sacerdotes, madres, trabajadores, filósofos y niños. Todos formando parte de una misma historia.
Y enfrente, nuestras inteligencias artificiales. No como nuevos dioses, sino como nuestra creación más reciente.
Tal vez entonces podamos mirar hacia el futuro sin repetir, una vez más, nuestro miedo ancestral al Apocalipsis. Porque esta vez existe una diferencia fundamental: el creador somos nosotros.
Sobre el autor
Gerardo “Bola” Juárez Lozano es abogado, maestro en Artes Libres y Ciencias con enfoque antropológico por San Diego State University (SDSU) y presidente del Consejo de Administración de CompuEducación.
Referencias de los pasajes religiosos
Cristianismo: Apocalipsis 21:1, “un cielo nuevo y una tierra nueva”
Islam: Corán, sura 81, versículos 1 a 3
Hinduismo: Kalki y el tránsito del Kali-yuga al Satya-yuga



