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septiembre 29, 2026¿Y si la inteligencia artificial nos llevara a la primera Constitución Universal de la humanidad?

Gerardo Juárez Lozano “Bola”
Abogado, Maestro en Artes Libres y Ciencias y Presidente del Consejo de Administración de CompuEducación
Creo que la inteligencia artificial nos está poniendo frente a una posibilidad que vale la pena pensar con seriedad: construir la primera Constitución Universal de la humanidad, porque el poder que estamos creando ya alcanza a personas de todo el mundo y nos obliga a preguntarnos cómo vamos a convivir con él, quién va a responder por sus efectos y cómo vamos a compartir sus oportunidades.
Entre el entusiasmo, el temor y la desinformación, se habla incluso de la posibilidad de que la humanidad desaparezca, una discusión que merece rigor y que convive con una pregunta mucho más inmediata: ¿quién limita y supervisa un poder capaz de influir en la forma en que sociedades enteras aprenden, trabajan y toman decisiones?
Una Constitución es la ley suprema de un poder constituyente en pleno ejercicio de su soberanía, que tiene por objeto crear los poderes públicos, dotarlos de competencia y proteger frente a esos poderes públicos los derechos fundamentales de la persona.
Al pensar en esa definición, encuentro que una parte decisiva del poder que hoy necesitamos
comprender y organizar está en manos privadas, en las empresas que desarrollan los grandes modelos de lenguaje, conocidos como LLM, y en quienes proporcionan la infraestructura y deciden cómo utilizarlos. Detrás de cada sistema hay organizaciones y personas que deben responder por sus decisiones, incluidos los Estados cuando incorporan estas herramientas a sus funciones.
La dificultad aparece cuando un modelo se desarrolla en un país, procesa información en otro y produce efectos sobre una persona que vive en un tercero, porque, aunque sus centros de datos se encuentran en territorios concretos, su alcance atraviesa fronteras y nos exige coordinar responsabilidades, protección de datos y mecanismos para reclamar cuando ocurre un daño.
Imagino un orden constitucional mundial que proteja derechos, distribuya competencias y permita supervisar y sancionar abusos, construido a partir de acuerdos entre países y con una representación legítima de sus sociedades. Podría nacer de tratados internacionales, pero necesitaría garantías e instituciones capaces de hacerlos valer, así como límites claros a la propia autoridad que se creara, para que tambiénestuviera sujeta a rendición de cuentas y revisión independiente.
CONSTITUCIÓN UNIVERSAL · INTELIGENCIA ARTIFICIAL
Dentro de esa conversación hay algo que considero fundamental: la educación, porque aprender a utilizar la inteligencia artificial significa apropiarnos de una nueva capa cognitiva que puede ampliar nuestra capacidad de comprender, crear y decidir. Por eso, junto con la protección de nuestros derechos, tendríamos que garantizar oportunidades reales de aprendizaje, con maestros preparados, formación para adultos y criterio para verificar respuestas y cuidar nuestra información.
Si miramos la historia, aprender a leer y escribir fue un proceso que ocurrió en momentos muy distintos y con enormes diferencias entre pueblos, mientras que las sociedades que lograron extender una educación de calidad construyeron una de las bases de su desarrollo. Desde luego, la educación no explica por sí sola todos sus avances, pero sí permitió que muchas más personas pudieran participar en ellos y contribuir a su crecimiento.
Lo que me entusiasma de este momento es que podemos proponernos algo que nunca ocurrió con la alfabetización tradicional: que todos los países emprendan al mismo tiempo el esfuerzo de enseñar a sus pueblos a comprender y adoptar esta nueva capa cognitiva. La gran oportunidad está en reconocer desde ahora que esa capacidad debe estar al alcance de todos, sin esperar a que pasen generaciones y después intentar corregir la exclusión.
Sabemos que los países parten de condiciones muy distintas, que hay escuelas sin conectividad, docentes que necesitan preparación y lenguas que apenas están representadas en estas herramientas, y precisamente por eso necesitamos un compromiso que nos permita avanzar juntos. Una Constitución Universal podría dar fundamento a esa cooperación, establecer responsabilidades y orientar recursos hacia quienes requieren más apoyo, con metas que permitan saber si realmente estamos acercando las oportunidades.
En las empresas vemos que tener acceso a una herramienta no significa haber aprendido a utilizarla, del mismo modo que entregar un libro no equivale a enseñar a leer: hace falta
acompañar a las personas hasta que puedan preguntar, contrastar respuestas y llevar lo aprendido a su vida cotidiana. Ahí es donde la alfabetización se convierte en adopción y esa nueva capacidad empieza a formar parte de cómo trabajamos, resolvemos problemas y pensamos, conservando nuestro propio criterio.
Me gustaría que uno de los principios de esa Constitución reconociera el derecho de toda persona a comprender, utilizar y cuestionar la inteligencia artificial, en su idioma y de acuerdo con su contexto, y que de ese derecho se desprendieran compromisos concretos para los gobiernos, las instituciones educativas y las empresas que desarrollan estos sistemas. La cooperación entre países tendría entonces una tarea clara: ayudar a que quienes cuentan con menos recursos también puedan participar de esta transformación.
Avanzar al unísono sería una aspiración compartida, respetando las culturas y las formas de aprender de cada sociedad, con la convicción de que todos los seres humanos deberían tener la posibilidad de incorporar esta nueva capa cognitiva. Ahí encuentro la gran oportunidad democratizadora de una Constitución Universal: hacer de la educación y la adopción una responsabilidad común desde el comienzo.
Ese compromiso tendría que convivir con garantías para impugnar decisiones y obtener reparación, además de ofrecer a las empresas seguridad jurídica y protección de sus activos dentro del respeto a los derechos humanos. Así podríamos acompañar la innovación con responsabilidades proporcionales al riesgo y con instituciones a las que una persona pudiera acudir, independientemente de dónde se hubiera desarrollado la tecnología que la afectó.
Sé que construir algo así exigiría acuerdos difíciles, pero creo que vale la pena empezar a imaginarlo y a discutirlo, porque pocas veces tenemos la posibilidad de reconocer una transformación de esta magnitud mientras está ocurriendo y decidir cómo queremos participar en ella. Si una Constitución organiza el poder y protege nuestros derechos, ¿por qué no pensar que la inteligencia artificial puede llevarnos a un acuerdo universal que también garantice a toda persona la oportunidad de aprender y crecer con esta nueva capacidad?


