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agosto 24, 2026Cuando era niña solía gritar desde mi ventana para preguntarles a mis amigos si ya podían salir a jugar. No había mensajes, ni grupos de WhatsApp, ni ubicaciones compartidas. A veces bastaba con tocar la puerta del vecino o simplemente salir a la calle para saber quién estaba afuera. Jugábamos bote pateado, escondidillas, resorte, burro castigado y cualquier otra cosa que pudiera prolongarse hasta que oscureciera y alguien gritara nuestro nombre para regresar sucios, sudados y cansados a cenar.
No quiero caer en la nostalgia fácil de pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Seguramente no lo fue. Crecimos muchas veces con una falta de supervisión que hoy resultaría impensable y estuvimos expuestos a riesgos que nuestros padres probablemente ni siquiera conocían. Pero había algo ahí que me parece que hemos perdido: un sentido de pertenencia y una geografía compartida.
No solo jugábamos los mismos juegos. Veíamos los mismos programas de televisión, conocíamos las mismas canciones y repetíamos las mismas rimas. Sin que nadie lo planeara, se construía una especie de memoria cultural común. Éramos parte de un barrio y también, de alguna manera, de una generación.
Pienso mucho en esto porque soy mamá y porque llevo años frente a un salón de clases. La infancia que veo ahora es radicalmente distinta. Cada niño puede construir una experiencia completamente personalizada: tiene su propio algoritmo, sus videos, su streamer favorito, sus juegos y hasta su propio mundo dentro de Roblox. Puede estar físicamente en la Ciudad de México y pasar la tarde jugando con alguien que vive a miles de kilómetros.
Es una paradoja interesante: las infancias son hoy profundamente locales y extraordinariamente globales al mismo tiempo. Lo que parece haberse perdido es justamente lo que estaba en medio: el vecindario.
Los niños ya no necesariamente salen a tocar la puerta de al lado. Quedan de verse “en línea” a las cinco de la tarde. Influencers, streamers y algoritmos ocupan una cantidad de horas que antes pertenecían a hermanos, vecinos, primos y amigos.
Y entonces me surge una pregunta que no sé si estamos haciendo con suficiente seriedad: ¿quién está criando a nuestros hijos?
El nuevo cigarro
Hace algunas décadas fumar era perfectamente normal. Se fumaba en restaurantes, oficinas, aviones y hospitales. El cigarro aparecía en películas y anuncios asociado con sofisticación, independencia y modernidad. Hoy resulta extraño mirar esas imágenes y pensar que durante tanto tiempo aquello nos pareció normal.
Me parece que estamos en un momento parecido con las pantallas. No porque un celular y un cigarro produzcan el mismo daño, evidentemente, sino porque hemos incorporado una tecnología a la vida cotidiana de los niños mucho más rápido de lo que hemos aprendido a entender sus consecuencias.
Primero fueron una solución. Durante la pandemia, incluso, fueron indispensables. Después se convirtieron en entretenimiento, niñera, premio, herramienta educativa y, finalmente, en una parte casi inseparable de la infancia.
Y quizá uno de los lugares donde esta normalización resulta más extraña es la escuela.
Cada vez más colegios particulares construyen parte de su propuesta educativa alrededor de plataformas digitales. Cada alumno lleva su dispositivo, las tareas aparecen en una aplicación, los libros se sustituyen por contenidos digitales y todo ello suele presentarse bajo una palabra difícil de cuestionar: innovación.
Pero ¿necesariamente lo es? Como profesora puedo reconocer además algo incómodo: un salón lleno de alumnos mirando una pantalla puede ser mucho más sencillo de manejar que un salón lleno de alumnos preguntando, discutiendo, equivocándose, hablando entre ellos o simplemente aburriéndose.
El alumno frente a la pantalla es, muchas veces, un alumno pasivo y es muy cómodo para el adulto. Quizá precisamente por eso deberíamos preguntarnos si lo que, aparentemente, facilita la labor en las aulas necesariamente mejora la educación de los niños.
Lo que pasa por dentro
Solemos asumir que si una plataforma es “educativa” entonces el problema desaparece. Pero basta observar cómo funcionan muchas de ellas: notificaciones, puntos, premios, rachas de días consecutivos, estímulos constantes.
El mecanismo empieza a parecerse mucho al de cualquier otra aplicación. Entonces la pregunta es inevitable: ¿qué mueve al niño a regresar? ¿La curiosidad por aprender o el miedo a perder la racha?
Los libros Kids’ Brains & Screens y The Adventures of Super Brain insisten precisamente en algo que como docente me parece fundamental: el aprendizaje no siempre produce gratificación inmediata. Investigar toma tiempo. Entender algo difícil toma tiempo. Equivocarse, frustrarse y volver a intentar también forman parte del proceso.
Y eso me lleva a preguntas todavía más elementales. ¿Cómo investigan hoy los niños? ¿Qué pasa cuando se acostumbran a obtener una respuesta en segundos? ¿Qué ocurre con su tolerancia a no saber? ¿Qué hacemos con el aburrimiento? ¿Les estamos enseñando a entretenerse a sí mismos o les estamos enseñando que estar aburrido es una especie de emergencia que debe resolverse encendiendo una pantalla?
Como docente, esta última pregunta me preocupa particularmente. Porque aprender no siempre es divertido. A veces es lento, repetitivo y frustrante. Hay libros que cuestan trabajo, problemas que no salen a la primera y conceptos que requieren varios intentos antes de empezar a tener sentido.
Quizá parte de aprender consiste precisamente en desarrollar la capacidad de permanecer ahí.
Cuando llevar una pantalla a la escuela se llama innovación
Por eso cada vez me cuesta más entender que llevar un dispositivo personal a la escuela pueda presentarse, por sí mismo, como una ventaja educativa en niveles de primaria y secundaria.
No propongo sacar toda la tecnología de las aulas. Sería absurdo. Nuestros hijos vivirán en un mundo profundamente tecnológico y necesitan aprender a desenvolverse en él. Pero una cosa es enseñarles a utilizar la tecnología como una herramienta y otra muy distinta organizar alrededor de ella una parte importante de la experiencia escolar. Por eso me atrevo a decir algo que quizá resulte incómodo: si un colegio entrega a cada niño un dispositivo con acceso irrestricto y lo convierte en parte central de su modelo educativo, vale la pena preguntarnos si realmente está poniendo en el centro el desarrollo integral del niño.
En una época de familias más pequeñas, muchos hijos únicos, ciudades inseguras y padres que hacemos lo que podemos entre jornadas de trabajo cada vez más largas, sabemos que, por necesidad o por comodidad, muchos niños pasarán buena parte de su tiempo libre frente a una pantalla. La escuela quizá sea uno de los últimos lugares donde podemos garantizarles algo que antes ocurría naturalmente en la calle: otros niños.
Otros niños con quienes hablar, jugar, discutir, aburrirse, ponerse de acuerdo, competir, perder y reconciliarse. Todo eso que parece secundario frente a los contenidos académicos es también formación. Por eso me resulta particularmente triste entrar a un salón lleno de niños y encontrar a cada uno absorto en su dispositivo individual. Tenemos treinta niños reunidos en el mismo espacio y, paradójicamente, hemos conseguido que cada uno esté solo.
Además, el mundo parece estar empezando a reconsiderarlo. Para marzo de 2026, 114 sistemas educativos, equivalentes a 58% de los países monitoreados por UNESCO, ya habían establecido prohibiciones nacionales al uso de celulares en las escuelas. Hace apenas tres años eran menos de una cuarta parte.
Quizá ellos están viendo algo que nosotros todavía no queremos ver. Los propios datos de PISA muestran que la distracción digital dentro del salón está asociada con un peor desempeño académico. Esto no significa que toda tecnología perjudique el aprendizaje. De hecho, utilizada con intención pedagógica puede ser extraordinariamente útil. El problema comienza cuando confundimos disponer de tecnología con estar educando mejor.
Porque acceso a la información ya tenemos de sobra. Un niño puede encontrar en segundos una definición, una fecha, una fórmula o un tutorial.
Lo que ningún buscador puede hacer por él es aprender a frustrarse, sostener la atención, esperar, distinguir una fuente confiable de una falsa, construir un argumento o seguir intentando cuando la respuesta no aparece inmediatamente.
Y quizá ésas sean precisamente las capacidades que más vamos a necesitar.
Con los celulares aparece además una contradicción que todavía me cuesta entender. A los niños de hoy les hemos restringido enormemente la libertad física. No los dejamos caminar solos varias cuadras, hablar con desconocidos ni desaparecer durante horas jugando en casa de algún vecino como hacíamos nosotros.
Lo hacemos, por supuesto, para protegerlos. Pero después ponemos en sus manos un dispositivo desde el cual un desconocido puede entrar, literalmente, hasta su habitación. Les cerramos la calle y les abrimos internet. Y ahí la protección individual empieza a resultar insuficiente.
Yo puedo decidir que mi hijo no tendrá celular. Puedo establecer reglas, limitar horarios y revisar contenidos. Pero si todos sus compañeros tienen uno, el teléfono ya forma parte de su vida, aunque él no lo tenga.
Por eso sigo encontrando útil la analogía con el cigarro. No porque los daños sean equivalentes, sino porque durante años pensamos el tabaquismo como una decisión estrictamente individual hasta que comprendimos que también había una exposición para quienes estaban alrededor.
Con los smartphones existe una presión colectiva distinta, pero igualmente poderosa: ningún niño quiere ser el único que queda fuera.
Por eso me parecen particularmente interesantes iniciativas como Movimiento No Es Momento. Su propuesta parte de una idea sencilla: una familia aislada difícilmente puede resolver un problema cuya presión es social.
El movimiento propone acuerdos entre padres de una misma comunidad escolar para retrasar la entrega del smartphone propio, al menos hasta los 14 años, y el acceso a redes sociales hasta los 16. La lógica es simple: si la mayoría espera, ningún niño tiene que cargar solo con ser “el único que no tiene celular”.
Y me parece que ahí hay algo profundamente valioso. Durante mucho tiempo la crianza fue, en alguna medida, comunitaria. Los vecinos conocían a los niños, las familias se conocían entre ellas y existían reglas sociales más o menos compartidas. Paradójicamente, para proteger a nuestros hijos de una tecnología diseñada para individualizar su experiencia quizá tengamos que recuperar algo muy antiguo: volver a criar en comunidad.
No se trata de convertir la tecnología en enemiga ni de pretender que nuestros hijos vivan en el mundo en el que nosotros crecimos. Ese mundo ya no existe.
Se trata simplemente de recuperar el derecho de los adultos a decidir cuándo están preparados para entrar al nuevo.
Y quizá al final esta discusión no sea realmente sobre celulares. Es una discusión sobre qué esperamos de la educación y de la infancia. A veces tengo la impresión de que hemos confundido educar con eliminar cualquier experiencia desagradable. Queremos que nuestros hijos no se aburran, no se frustren, no esperen, no se sientan excluidos y, de ser posible, que aprender sea siempre entretenido.
Entiendo perfectamente de dónde viene ese impulso. Nadie quiere ver sufrir a sus hijos. Pero formación y comodidad no siempre son lo mismo. Formar a una persona implica permitirle atravesar ciertas incomodidades: esperar, equivocarse, perder, memorizar algo, aunque no sea divertido, leer una página dos veces porque no la entendió a la primera, resolver un conflicto con otro niño, tolerar un poco de aburrimiento e inventar qué hacer con él.
Tal vez dentro de cinco o diez años miremos hacia atrás y nos resulte difícil entender por qué alguna vez consideramos innovador sentar durante horas a un niño frente a una pantalla. Quizá entonces las restricciones que hoy empiezan a aparecer en distintos países nos parezcan tan obvias como hoy nos parece obvio que nadie debería fumar dentro de un salón de clases.



