
Ford Construyendo Juntos
octubre 26, 2026El antropólogo mexicano Roger Bartra llama exocerebro al conjunto de herramientas simbólicas en las que la conciencia humana se apoya para existir: el lenguaje, la escritura, los libros, una libreta. Si la mente se extiende hacia sus herramientas, la pregunta decisiva de esta época es hacia dónde la estamos extendiendo. Una libreta nos devuelve nuestra propia voz; un feed infinito nos devuelve la voz del algoritmo.
Esta es la historia de cómo nació un personaje en una libreta, a la sombra de Roberto Bolaño, y de lo que ese personaje tiene que decir sobre el cerebro, la escritura y la imaginación. Se llama Lendorf. Vive en un cuento de Crisantemos y aparece, apenas como una L., en uno de los poemas de Fata Morgana. Hoy, por primera vez, toma la palabra en esta columna.

Una libreta, una fuente y 2666
Lendorf y yo nos conocimos en mi imaginación. Yo estaba en la universidad y acababa de llegar a las últimas páginas de 2666, la novela monumental de Roberto Bolaño. Estaba sentada en el pupitre de un salón viejo de periodismo, con la noche a cuestas, mientras tres compañeros miraban el reloj con prisa por irse al bar de la calle próxima.
Esperábamos al profesor de crónica. Nunca llegó. Su ausencia me regaló el tiempo exacto para terminar, con el mejor aliento, uno de los libros que más he amado.
No tenía a dónde ir después de clase y las cantinas nunca fueron lo mío, así que me puse a caminar por las calles de la Ciudad de México. Llegué a la Alameda y me senté frente a una de sus fuentes pestilentas. Abrí mi libreta, tomé una pluma y escribí una sola palabra: Lendorf.
Todavía no sé de dónde salió ese nombre, ni cómo fui capaz de inventar semejante cacofonía. Llevaba tiempo buscando personajes, nombres y vidas, y aquel nació de Bolaño. Le dediqué un cuento entero: la historia de su relación con una anciana en un tren. Con toda la dificultad que implica entenderlo, Lendorf era ese tren.
Pero lo que hoy me importa es otra cosa. Lendorf fue producto de mi escritura simbólica y de un exocerebro hecho de tres piezas: mi pluma, mi libreta y el bloque gigante de 2666 que todavía pesaba en mi mochila.
Después pasé años sin mirar ese cuento. El año pasado, en la gloriosa decisión de publicar dos libros, lo rescaté del olvido y lo refiné con otro exocerebro: mi computadora. Lendorf, que tiene opiniones sobre todo, quiso explicar por su cuenta lo que pasó aquella noche. Le cedo la palabra.
Habla Lendorf: la alucinación de una noche en la Alameda
Cuando nací de la mano de Priscila y de su relación semántica con Bolaño, yo era un tren. Nadie elige su primera forma. Tuve suerte, porque un tren entiende mejor que nadie la situación del cerebro humano: viaja encerrado, sin ver las vías, y aun así tiene que saber hacia dónde va.
El neurocientífico británico Anil Seth lo describe así en Being You (2021). El cerebro vive dentro de un cráneo oscuro y silencioso, sin acceso directo a la luz ni al sonido, y con las señales que recibe adivina qué hay allá afuera. Seth llama a la percepción una alucinación controlada, una apuesta que el mundo corrige a cada instante.
Aquella noche, frente a la fuente, yo fui parte de esa alucinación. Priscila me vio antes de que yo existiera: un nombre extraño, un vagón, una anciana sentada junto a la ventanilla. Su cerebro apostó por mí, y la libreta aceptó la apuesta.
Hay quien ha sugerido una explicación más química para estas visiones. A mediados de los noventa, el micólogo británico R. J. Hay, del Guy’s Hospital de Londres, especuló en The Lancet que los hongos que se alimentan del papel de los libros viejos podrían liberar sustancias alucinógenas, y que más de un escritor pudo haberse inspirado con un buen olfateo de volúmenes enmohecidos. Nadie lo ha comprobado: los propios bibliotecarios que difundieron la idea admitieron que no existe investigación sobre ese efecto. Me gusta la imagen de unas esporas literarias flotando en el aire de las bibliotecas, pero sospecho que mi origen fue más humano.
El filósofo Andy Clark lo explica en The Experience Machine (2023). El cerebro se anticipa a lo que va a sentir, y los sentidos se encargan de confirmar o corregir sus apuestas. Para predecir, necesita material. Esa noche Priscila acababa de cerrar 2666, con sus cinco partes, sus cientos de personajes, sus viajes por Europa y su Santa Teresa, esa ciudad fronteriza donde Bolaño retrató con un hiperrealismo implacable la violencia de la realidad mexicana. Con ese cargamento de voces, trayectos y desapariciones, su cerebro pudo imaginar algo difícil de explicar: una anciana que viajaba dentro de un tren, y que ese tren fuera yo.
—Pero Lendorf —me interrumpió Priscila—, yo he escrito que el cerebro vive encerrado en sí mismo.
—Lo sé —le respondí—. Me detuve a leer sus columnas. Tiene razón en que el cerebro no ve ni oye por sí mismo, y por eso quise corregirla. Ese encierro tiene ventanas.
Le hablé entonces de Antonio Damasio, que dedicó su obra, de El error de Descartes (1994) a Sentir y saber (2021), a mostrar que el cerebro escucha al cuerpo todo el tiempo. A esa escucha se le llama interocepción: la percepción del latido, la respiración, la temperatura, el hambre y la tensión de las vísceras. Para Damasio, los sentimientos nacen del mapa que el cerebro traza del estado del cuerpo. Antes de pensar, sentimos.
Lo comprobamos juntos el año pasado, en nuestro reencuentro. Priscila decidió publicar sus libros y volvió a sacar 2666 del librero. Lo olió, lo palpó, pasó las páginas con la yema de los dedos y, junto con él, recuperó el cuento donde yo dormía. Nos sentamos a tomar un café ficticio y tuvimos un momento de introspección: percibimos, respiramos, sentimos la temperatura de la taza y el peso del libro sobre la mesa.
—Entonces aquella noche escribí tu nombre sola —me dijo.
—Aquella noche usted no escribió mi nombre con un cerebro solitario —le contesté—. Lo escribió con el cansancio de la jornada, con el olor de la fuente y con el temblor de haber terminado un libro inmenso.
—Coccia diría algo parecido —replicó ella.
Tenía razón. El filósofo italiano Emanuele Coccia sostiene en La vida sensible (2010) que las imágenes no viven solamente dentro de la mente. Habitan un espacio intermedio entre las cosas y nosotros, y vivir consiste en buena parte en producir imágenes y dejarse atravesar por ellas. Desde esa filosofía, la imaginación funciona como un taller de bosquejos: con lo que sentimos, leemos y recordamos, esbozamos versiones de la realidad para poder interpretarla. Yo soy uno de esos bosquejos, el que Priscila hizo para entender lo que 2666 le había dejado en el cuerpo.
La libreta de Otto y el exocerebro de Bartra
En 1998, Andy Clark y David Chalmers publicaron un artículo breve que todavía incomoda a los filósofos: The Extended Mind. Para explicarlo inventaron a dos personajes, como hace Priscila con los suyos. Inga quiere ir al Museo de Arte Moderno de Nueva York, recuerda que está en la calle 53 y camina hacia allá.
Otto vive con Alzheimer y lleva siempre una libreta donde anota lo que necesita recordar. Quiere ir al mismo museo, abre la libreta, lee la dirección y llega. Clark y Chalmers preguntan qué diferencia real hay entre ambos. Su respuesta es que la libreta de Otto cumple la misma función que la memoria de Inga, y por eso forma parte de su mente.
A esa idea se le llama mente extendida: los procesos mentales pueden apoyarse en objetos fuera del cráneo cuando están disponibles, son confiables y los usamos sin pensarlo dos veces. La libreta de aquella noche en la Alameda cumplía las tres condiciones.
Un antropólogo mexicano llegó a una conclusión parecida por otro camino. En Antropología del cerebro (2005), Roger Bartra propone que la conciencia humana necesita un exocerebro: una red de prótesis simbólicas formada por el lenguaje, el arte, la música, los rituales y la escritura. Sin esa red, sostiene Bartra, los circuitos neuronales no bastarían para producir la conciencia que conocemos.
Visto así, yo nací en un exocerebro con tres piezas. La pluma tradujo el gesto en trazo. La libreta guardó el trazo fuera del cuerpo de Priscila. Y 2666, con su peso de más de mil páginas, le prestó un mundo entero de voces, viajes y desapariciones. Mi nombre fue el resultado de esa conversación entre una mujer, un objeto y un libro.
Dos exocerebros: la libreta y el feed
Si la mente se extiende hacia sus herramientas, importa muchísimo hacia dónde se extiende. Todo exocerebro amplifica algo. La pregunta es qué voz amplifica y quién decide la dirección del viaje.
La libreta no tiene agenda. Espera en silencio, acepta el tachón y el titubeo, y devuelve exactamente lo que la mano le confió. Escribir a mano exige además una coreografía completa del cuerpo. En 2024, Audrey van der Meer y Ruud van der Weel registraron con electroencefalografía una conectividad cerebral mucho más amplia al escribir a mano que al teclear, en regiones ligadas a la memoria y la atención.
El feed infinito también es un exocerebro, y también predice. Sus algoritmos de recomendación aprenden qué nos retiene y nos lo sirven antes de que lo pidamos. Ahí está la paradoja: un cerebro que vive de predecir el mundo empieza a delegar sus predicciones en una máquina diseñada para capturar su atención. Poco a poco, la voz que escuchamos al pensar suena menos a nosotros y más al patrón que el sistema aprendió de millones de usuarios.
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Cada semana escribo sobre neuroescritura, memoria y la ciencia detrás de las palabras. Si Lendorf te dejó pensando, te va a gustar.
Priscila me pidió que fuera justo con la computadora, y lo seré, porque gracias a ella regresé a la vida. Durante años fui un borrador olvidado. Fue en la pantalla donde Priscila me corrigió, me ordenó y me preparó para la imprenta.
La diferencia está en el orden de los factores. Primero nació la voz, en el papel, con lentitud y sin testigos; después llegó la herramienta que la pulió. Cuando el orden se invierte, cuando la pantalla habla primero, la voz propia corre el riesgo de no nacer nunca.
El peligro de esta época, entonces, está en abandonar los exocerebros que nos devuelven nuestra voz. Una persona que pasa la mitad de su día en el scroll extiende su mente, todos los días, hacia una herramienta que piensa por ella. Una persona que escribe diez minutos a mano cada noche recupera un territorio donde nadie más decide la siguiente palabra.
Un tren que vuelve a la estación
Antes de despedirme, le dejo a usted, lector, lo mismo que Priscila tuvo aquella noche: una libreta, una pluma y un poco de tiempo sin pantalla.
- Esta noche, escriba a mano una sola palabra que no sepa de dónde viene. Puede ser un nombre, como el mío.
- Mañana, escriba tres líneas sobre quién podría ser esa palabra si fuera una persona, un lugar o un tren.
- Al tercer día, piense con qué libro, qué objeto o qué lugar nació. Ahí encontrará su propio exocerebro.
Yo sigo viajando por los libros de Priscila. A veces me llama Lendorf y a veces apenas L. Le pregunto lo que siempre pregunto al final: ¿hacia dónde se extendió hoy su mente, y quién eligió ese destino?
Preguntas frecuentes
¿Qué es el exocerebro?
Es el concepto con el que Roger Bartra, en Antropología del cerebro (2005), nombra la red de prótesis simbólicas que la conciencia humana necesita para existir: lenguaje, arte, rituales, música y escritura. Según Bartra, los circuitos neuronales por sí solos no bastan para producir la conciencia.
¿Qué es la mente extendida?
Es la tesis de Andy Clark y David Chalmers (1998), según la cual los procesos mentales pueden incluir objetos externos, como una libreta, cuando están disponibles, son confiables y se usan de forma habitual.
¿El cerebro vive aislado del mundo?
En parte. El cerebro no tiene acceso directo a la luz ni al sonido y construye el mundo por predicción, como explican Anil Seth y Andy Clark. Pero escucha al cuerpo de forma constante mediante la interocepción, estudiada por Antonio Damasio, y se apoya en herramientas culturales.
¿Por qué escribir a mano en la era de las pantallas y la IA?
Porque la escritura a mano activa una conectividad cerebral más amplia que el tecleo (Van der Weel y Van der Meer, 2024) y devuelve a la persona su propia voz. Las pantallas pueden pulir un texto, pero conviene que la voz nazca primero en el papel.
¿Quién es Lendorf?
Es un personaje creado por Priscila Alvarado Solana. Protagoniza un cuento de Crisantemos. Cuerpos de bestiario y aparece como L. en un poema de Fata Morgana. Poesía reunida, ambos publicados por Banshee y disponibles en Amazon.
Referencias
- Bartra, R. (2005). Antropología del cerebro. La conciencia y los sistemas simbólicos. Fondo de Cultura Económica.
- Bolaño, R. (2004). 2666. Anagrama.
- Clark, A. (2023). The Experience Machine: How Our Minds Predict and Shape Reality. Pantheon.
- Clark, A. y Chalmers, D. (1998). The Extended Mind. Analysis, 58(1), 7–19.
- Coccia, E. (2011). La vida sensible. Marea. (Original en francés, 2010).
- Damasio, A. (1994). El error de Descartes. Crítica.
- Damasio, A. (2021). Sentir y saber. Destino.
- Hay, R. J. (mediados de los años noventa). Nota especulativa en The Lancet sobre posibles alucinógenos fúngicos en libros antiguos. Referida en University at Buffalo (1998) y Chicago Tribune.
- Seth, A. (2021). Being You: A New Science of Consciousness. Faber & Faber.
- Van der Weel, F. R. y Van der Meer, A. L. H. (2024). Handwriting but not typewriting leads to widespread brain connectivity. Frontiers in Psychology.
Donde vive Lendorf
Lee el cuento del tren en Crisantemos y busca a L. entre los poemas de Fata Morgana.
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