
La paradoja de la empatía en la cobranza
julio 28, 2026Por Engel Fonseca
Siempre he dicho que la tecnología es mucho más que una herramienta; es parte de cómo evolucionamos como humanos. Y ahora mismo, estamos viendo algo increíble en la industria automotriz, tanto aquí en Latinoamérica como en todo el mundo. No se trata solo de cambiar gasolina por electricidad: estamos viendo cómo el coche, tal como lo conocíamos hace un siglo, se está transformando en una máquina verdaderamente inteligente.
De cara al 2030, el juego se va a decidir gracias a tres piezas clave: la conectividad, la electrificación y la inteligencia artificial. Los invito a que exploremos juntos cómo estas innovaciones van a cambiar nuestra realidad, cuáles son los retos que nos ponen freno y qué es lo que realmente determinará si en nuestra región vamos a liderar este cambio o simplemente nos vamos a quedar viendo cómo otros avanzan.
El impacto innovador: el Vehículo Definido por Software (SDV)
El cambio más profundo que estamos viviendo es, en realidad, un cambio de mentalidad: la llegada del Vehículo Definido por Software. Si lo piensan, antes un coche era como un rompecabezas de piezas mecánicas y controles aislados que apenas se hablaban entre sí. Pero hoy, todo eso está siendo reemplazado por un solo “cerebro” central muy potente. Se dice que para el 2030 casi todos los autos nuevos funcionarán así, y lo que más nos va a sorprender no serán sus motores o engranajes, sino las líneas de código que los hacen cada vez más inteligentes.
Piénsenlo así: nuestro coche está dejando de ser una máquina para convertirse en un compañero que evoluciona con nosotros, casi como un smartphone gigante que aprende y mejora mientras dormimos. A través de una actualización inalámbrica, el mismo auto que compraste hace años puede volverse más eficiente o enseñarse a sí mismo a conducir mejor. No es solo ingeniería, es una nueva forma de adaptarnos al entorno. Me emociona ver cómo en lugares como México, las fábricas ya no solo mueven metal, sino que usan “cerebros digitales” para anticiparse al futuro, demostrando que en nuestra región también sabemos codificar el cambio.
Pero claro, este paso hacia adelante nos obliga a ser más cautelosos. Al estar tan conectados, nuestros vehículos se vuelven tan íntimos y vulnerables como nuestra propia identidad digital. Por eso, la ciberseguridad ya no es un extra técnico, sino una necesidad vital para nuestra tranquilidad. Hoy, las reglas del mundo nos dicen que sin un blindaje digital sólido, esa libertad de movimiento simplemente no puede existir. En este viaje hacia el 2030, proteger nuestra conexión es, en el fondo, proteger nuestra propia evolución.
Si la innovación es el acelerador, el contexto regional y el comportamiento humano son el freno de mano. La adopción de la electromovilidad choca frontalmente con la realidad de nuestra infraestructura y con la psicología del consumidor latinoamericano. Vivimos una profunda disonancia cognitiva: mientras la industria invierte miles de millones en vehículos eléctricos puros, el consumidor promedio mantiene un mindset de supervivencia pragmática. Los estudios revelan que una mayoría aplastante en mercados como el mexicano aún prefiere un auto de combustión para su próxima compra, un fenómeno impulsado por el pánico a la falta de cargadores rápidos interurbanos y la opacidad en los costos de las baterías de reemplazo.
Cuando me detengo a pensar en lo que realmente implica este salto al 2030, me doy cuenta de que el reto no es solo tecnológico, sino de voluntad colectiva. Imaginemos por un momento a cinco millones de nosotros conduciendo eléctricos por nuestras ciudades; solo eso exigiría que nuestra región genere una cantidad inmensa de energía, algo así como 11,700 gigavatios hora adicionales cada año. Es una cifra que marea, y que nos obligaría a invertir miles de millones de dólares en fuentes renovables si no queremos que nuestro avance sea una contradicción ecológica. Si somos más ambiciosos y llegamos a los veinte millones de vehículos, el esfuerzo necesario sería monumental, rozando el 3% de toda la luz que producimos hoy en Latinoamérica. Me preocupa que, si no modernizamos nuestras redes con la misma pasión con la que diseñamos los coches, terminemos alimentando el futuro con los combustibles del pasado. Para que esta evolución sea real, necesitamos que la infraestructura sea tan sólida como nuestros sueños de cambio.
Si alejamos un poco la vista, lo que ocurre en nuestra región parece un tablero de ajedrez donde cada pieza intenta jugar con reglas distintas. Brasil ha optado por un camino de protección, invirtiendo en su propia capacidad para que el ecosistema local no se fracture frente a la competencia feroz. México, por su parte, se encuentra en una suerte de cuerda floja entre el T-MEC y las oportunidades de relocalización, tratando de equilibrar el potencial con los cuellos de botella que todos conocemos. Mientras tanto, Chile y Colombia, libres de esa carga de proteger una industria nacional de ensamblaje, están pisando el acelerador con metas de descarbonización que obligan a todo el mercado a moverse.

Y es en este panorama donde la disrupción asiática llega para hackear el sistema. Es imposible ignorar que, para marcas chinas, la movilidad eléctrica dejó de ser un experimento para convertirse en el nuevo estándar. Dominan la cadena de suministro, controlan la escala y han tomado la delantera, obligando a los gigantes tradicionales a reaccionar, a veces buscando alianzas desesperadas para no perderse en esta nueva ola. No es solo competencia; es la prueba de que, si no somos ágiles, el futuro se escribirá con nombres que hoy apenas estamos aprendiendo a pronunciar.
Proyección al 2030- singularidad automotriz
Mirando hacia el horizonte de la próxima década, la trayectoria de América Latina es un lienzo de dualidades fascinantes. Somos pioneros absolutos en la adopción de autobuses eléctricos para el transporte público masivo y en el despliegue logístico de carga pesada, pero seguimos encadenados a déficits infraestructurales endémicos y a la volatilidad de nuestras políticas industriales.

El éxito comercial de los fabricantes en los próximos años no dependerá exclusivamente de quién logre el diseño más aerodinámico o la mayor velocidad de aceleración. El liderazgo rumbo al 2030 será un juego de adaptabilidad extrema. Las marcas que sobrevivirán serán aquellas capaces de ofrecer un ecosistema integral que resuelva los miedos humanos más arraigados, entregando vehículos hiperconectados pero económicamente accesibles y esquemas de transición híbrida confiables que alivien la ansiedad de rango. Todo esto deberá estar blindado por certificaciones de ciberseguridad implacables que protejan la privacidad del usuario, y respaldado por una experiencia posventa digitalizada que reconozca que los motores de combustión seguirán circulando durante años.
El automóvil del 2030 ha dejado de ser un simple activo mecánico y utilitario para consolidarse como el nodo central de una red interconectada de energía, datos, servicios y neuro-conectividad. En Neurona lo vemos con absoluta claridad: la tecnología de frontera ya hizo su parte y está disponible; ahora nos toca a los latinoamericanos reprogramar nuestro propio mindset sistémico y regulatorio para no perder de forma definitiva el viaje hacia el futuro.




