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enero 19, 2026La proeza colectiva invisible para que un corazón funcione mejor.
Por Gerardo Juárez “Bola”
Hoy se cumple poco más de una semana desde que repararon mi corazón.
Y me siento de maravilla.
Nunca me sentí mal del corazón. El procedimiento no fue para aliviar un dolor, sino para reducir un riesgo. Hace poco más de un mes tuve un ataque isquémico leve: un pequeño coágulo llegó a mi cerebro y provocó un debilitamiento temporal de toda la parte izquierda de mi cuerpo. Duró poco y no dejó secuelas graves. Por eso me considero profundamente afortunado.
Después de una serie de estudios apareció la causa: un foramen oval permeable, una pequeña “fuga” congénita en el corazón. No es tan rara, pero sí silenciosa. La decisión fue clara: había que cerrarla.
Y así, entraron y repararon mi corazón.
Dicho así, suena sencillo. Y ahí está justamente lo fascinante.
Detrás de esa aparente sencillez hay una complejidad enorme. Médicos, cardiólogos, neurólogos, radiólogos, anestesiólogos, personal de enfermería, técnicos e ingenieros biomédicos. Diseñadores de dispositivos médicos, expertos en materiales, en dinámica de fluidos, en imágenes médicas, en ciencia de datos y en software clínico.
Pero también empresarios, especialistas en logística, regulación sanitaria, abastecimiento y distribución de equipo quirúrgico de alta especialidad, afinando procesos para que cada componente exista, cumpla estándares, cruce fronteras y llegue al quirófano correcto, en el momento exacto.
Y, por supuesto, expertos en marketing y comunicación científica. Ingenieros médicos presentando estos dispositivos en ferias internacionales, explicando cómo se colocan en el corazón, cómo funcionan, cómo reducen riesgos, cómo salvan vidas. Todo aquello que conocemos perfectamente.
Nada de esto ocurre en silos. Nada de esto ocurre por casualidad.
Antes del procedimiento hubo resonancias magnéticas cerebrales, angiotomografías, electrocardiogramas, ecocardiogramas, análisis de sangre. Cada estudio es tecnología aplicada. Cada imagen es conocimiento acumulado. Cada dato, una mejor decisión clínica.
La verdadera innovación aquí no es solo el dispositivo. Es la coordinación impecable entre personas, disciplinas, sectores industriales y académicos.
Durante milenios, el corazón fue considerado sagrado en múltiples culturas. Curiosamente, el cerebro nunca ocupó ese lugar simbólico. Y sin embargo, esta reparación es posible gracias al pensamiento humano, al diseño, al cálculo, a la simulación y a la tecnología más avanzada.
No hay contradicción: hay complemento. El cerebro entiende, la tecnología ejecuta, el corazón sigue latiendo.
Una semana después del procedimiento, lo que siento es alegría y una profunda gratitud por la ciencia, la tecnología y, sobre todo, por las personas.
Porque cuando lo complejo parece sencillo, casi siempre es señal de algo muy poderoso detrás: miles de personas trabajando con propósito para que un corazón siga latiendo


