
Hábitos de atletas de élite aplicables al éxito laboral
julio 6, 2026Durante noventa minutos todo un país creyó. Las calles se vaciaron, las reuniones se adelantaron, los restaurantes encendieron las pantallas y millones de personas volvimos a experimentar esa extraña sensación que solo el deporte puede provocar: la posibilidad. Por un instante, México podía hacer historia. El famoso “¿Y si sí?” dejó de ser una frase para convertirse en una emoción colectiva. Y eso, aunque haya durado solo unos días, es profundamente importante. Porque demuestra que la posibilidad siempre existe antes del resultado.
Después vino la derrota frente a Inglaterra. Y entonces ocurrió algo mucho más interesante que el marcador. Comenzó el verdadero partido. No en la cancha. En nuestras conversaciones.
“Jugamos como nunca y perdimos como siempre”. “Ya lo sabía”. “Siempre pasa igual”. “Somos los mismos de siempre”. En cuestión de minutos millones de personas empezaron a reconstruir una realidad que, curiosamente, no existía antes del silbatazo final. Porque antes del partido nadie decía eso. Antes del partido todos imaginábamos otra historia. Todos nos veíamos ganando. Todos sentíamos que, por fin, podía pasar. La información era completamente distinta.
Y ahí apareció una de las preguntas más importantes que me he hecho en mucho tiempo. ¿Qué pesa más en nuestra vida? ¿Los hechos… o la información que construimos alrededor de esos hechos?
Desde la Inteligencia Emocional Aplicada (IeA) hemos aprendido que los seres humanos no respondemos directamente a la realidad. Respondemos a la interpretación que hacemos de ella. No vivimos los acontecimientos; vivimos la información que les atribuimos. Por eso dos personas pueden atravesar exactamente la misma experiencia y salir convertidas en personas completamente distintas. Una derrota puede convertirse en una condena… o en una plataforma. La diferencia nunca estuvo en el marcador. Siempre estuvo en la narrativa.
Hace apenas unos días escribía que México estaba consiguiendo algo que jamás había logrado: nueve puntos en una fase de grupos. Era un hecho histórico. Sin embargo, bastó una derrota para que pareciera que todo eso nunca hubiera existido. Como si la memoria emocional tuviera una facilidad extraordinaria para borrar el progreso y conservar únicamente el fracaso.
Tal vez ahí exista una explicación mucho más profunda. Porque esta no es una historia que comenzó en este Mundial. Ni siquiera comenzó con el fútbol. México ha construido durante siglos una identidad donde la derrota aparece una y otra vez como parte de nuestra explicación colectiva. La Conquista. Las invasiones. Las guerras. Las crisis. Las devaluaciones. Las oportunidades perdidas. Generación tras generación hemos heredado relatos que, sin darnos cuenta, terminan enseñándonos que perder forma parte de quienes somos.
La pregunta no es si eso ocurrió. Claro que ocurrió. La verdadera pregunta es: ¿hasta cuándo vamos a permitir que el pasado siga escribiendo nuestro futuro? Recuerdo perfectamente discutir con mi papá durante el Mundial de Estados Unidos de 1994. Él pertenecía a una generación que había conocido a los famosos Ratones Verdes. Una selección que muchas veces ni siquiera clasificaba a los Mundiales y que, cuando lo hacía, solía regresar goleada. Para él esa era la realidad. “Los mexicanos nunca ganan”. “Nunca llegan”. “No tiene caso ilusionarse”.
Yo me molestaba. Le decía: “¿Cómo que no podemos? Claro que podemos. Tenemos a Hugo, a García Aspe, a Galindo… ¿por qué empiezas perdiendo antes de jugar?”. Para mi padre esa información era verdad. Era la historia que él había vivido. Pero esa historia ya no me servía a mí si lo que quería era construir una realidad diferente.
Y hace apenas unos días descubrí algo que me incomodó profundamente. Me había convertido en mi padre. Antes del partido contra Inglaterra, una paciente mucho más joven que yo, que apenas comienza a vivir sus primeros Mundiales, me dijo con una seguridad que me sorprendió: “Sí podemos ganar”. Y mi respuesta fue inmediata: “No… es Inglaterra. Además México nunca ha pasado de ahí”.
En ese instante reaccioné. No estaba describiendo la historia. La estaba prolongando. Estaba haciendo exactamente lo mismo que mi padre había hecho conmigo treinta años atrás. Y entonces entendí que quizá el verdadero problema nunca ha sido el fútbol. El verdadero problema es la información que heredamos… y la que decidimos seguir heredando.
Porque cada generación entrega mucho más que conocimientos. Entrega posibilidades. O entrega límites. Un niño no aprende solamente observando lo que sucede. Aprende escuchando cómo los adultos explicamos lo que sucede. Aprende de las frases que repetimos en la mesa, en la sala, en el coche, frente al televisor. Y un día esas frases dejan de ser opiniones para convertirse en creencias. Y las creencias, tarde o temprano, terminan construyendo realidades.
No se trata de negar que México perdió. Claro que perdió. Tampoco se trata de fabricar un optimismo ingenuo. Se trata de aprender a leer mejor la información. Porque Inglaterra llegó como una de las mejores selecciones del planeta. La mayoría de sus jugadores compite cada semana en las ligas más importantes del mundo. México, en cambio, apenas tiene algunos futbolistas en ese nivel y muy pocos considerados verdaderas figuras de élite. Si solamente analizáramos los recursos disponibles, Inglaterra tendría que habernos ganado siete u ocho a cero. Y no ocurrió.
México compitió. México creyó. México los hizo trabajar. Por momentos los hizo dudar. Durante gran parte del partido existió la sensación de que, si caía un gol mexicano, Inglaterra podía venirse abajo emocionalmente. No pasó. Pero pudo haber pasado. Y eso también es información.
Entonces, ¿con cuál de las dos informaciones vamos a quedarnos? ¿Con la de “perdimos como siempre”? ¿O con la de que estuvimos mucho más cerca de lo que alguna vez imaginamos? Porque elegir una u otra no cambia el marcador. Pero sí cambia el siguiente intento.
El filósofo Karl Popper decía que el progreso ocurre cuando somos capaces de sustituir mejores explicaciones por explicaciones anteriores. Quizá eso mismo sucede con las personas. Y también con los países. No cambiamos nuestra realidad solamente cambiando nuestros resultados. Primero cambiamos las explicaciones desde las cuales interpretamos esos resultados.
Por eso seguimos recordando a la Alemania de Franz Beckenbauer, porque fue campeona. Pero también seguimos recordando a la extraordinaria Naranja Mecánica de Johan Cruyff. Y Holanda nunca levantó esa Copa del Mundo. ¿Por qué seguimos hablando de ellos cincuenta años después? Porque entendimos que el valor de una obra no siempre se mide por el trofeo que levanta, sino por la transformación que deja en quienes la contemplan.
Sucede exactamente igual con la vida. ¿Qué vale más? ¿El millonario que dona mil pesos sin modificar absolutamente nada de su vida? ¿O quien entrega cien cuando esos cien representan prácticamente todo lo que posee? El valor nunca ha estado solamente en el resultado. Siempre ha estado en lo que cada uno entrega.
Quizá ahí estaba la verdadera lección de este Mundial. Nunca se trató únicamente de ganar. Se trató de descubrir desde dónde elegimos vivir. Desde la condena… o desde la posibilidad.
Porque algún día alguien cambiará la historia. La única pregunta es si esa generación crecerá escuchando que “México nunca puede”… o si crecerá creyendo que todavía no ha ocurrido.
Y esas dos historias comienzan exactamente igual. Con información.
Porque la realidad no siempre empieza con un hecho. Muchas veces empieza con una historia. Una historia que primero se convierte en conversación. Después en creencia. Más tarde en identidad. Y finalmente… en realidad.
Tal vez por eso el partido más importante nunca se jugó contra Inglaterra. Se juega todos los días, en la forma en la que hablamos de nosotros mismos, de nuestros hijos, de nuestro país y de nuestro futuro. Porque cada vez que decimos “siempre nos pasa lo mismo”, no estamos describiendo la realidad. Estamos enseñándole a la siguiente generación cuál es la realidad que debe esperar.
Y quizá sea ahí donde verdaderamente perdemos. O donde, por primera vez, podamos empezar a ganar.
Porque, al final, lo único verdaderamente cierto no es el resultado.
“Lo único cierto es la información con la que decidimos construir el siguiente intento. Y esa decisión, mucho antes que cualquier marcador, es la que termina moldeando nuestro destino.”



