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enero 28, 2026
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enero 28, 2026La salud pública no es filantropía. Es poder.
Por Dra. Bonequi
Durante años, la salud pública fue tratada como un asunto humanitario, casi decorativo. Algo que se aplaude en discursos, se menciona en informes de responsabilidad social y se recuerda solo cuando ocurre una crisis. Pero fuera de esos momentos, se le consideró ajena al negocio, lejana al mercado y marginal para la toma de decisiones estratégicas.
Esa visión ya no solo es ingenua. Es peligrosa.
Hoy, la salud pública define qué empresas sobreviven, cuáles pierden legitimidad y cuáles quedan fuera del juego sin siquiera entender por qué. Impacta productividad, reputación, consumo, confianza y estabilidad social. Y lo hace de forma silenciosa, acumulativa y profundamente estructural.
La inteligencia artificial no vino a cambiar esto; vino a hacerlo visible.
Porque cuando los datos comienzan a cruzar comportamiento, enfermedad, estrés, movilidad, hábitos de consumo y desempeño laboral, queda claro que la salud no es una variable más: es el sistema operativo de cualquier economía funcional. Lo que antes se intuía, hoy se mide. Y lo que se mide, se vuelve estratégico.
El problema es que muchas organizaciones siguen mirando la salud pública como si fuera un gasto inevitable o una causa noble, no como lo que realmente es: un determinante directo de valor, riesgo y sostenibilidad.
El libro Saving Lives Millions at a Time, desarrollado por la Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health, lo muestra con claridad incómoda. Las grandes transformaciones en salud nunca surgieron de la buena voluntad aislada, sino de decisiones estructurales capaces de escalar soluciones: agua potable, vacunas, seguridad vial, control de enfermedades, regulación ambiental. Todas ellas cambiaron mercados, redefinieron industrias y reescribieron expectativas sociales.
Nada de eso fue neutral. Todo tuvo impacto económico.
Hoy ocurre lo mismo, solo que más rápido y con mayor exposición. La inteligencia artificial permite anticipar brotes, conductas, riesgos y patrones de desgaste humano que antes se normalizaban. Y cuando una organización ignora esa información, no está siendo neutral: está eligiendo operar a ciegas.
Aquí viene la parte incómoda.
Las empresas no fracasan únicamente por malas decisiones financieras. Fracasan porque no entienden a las personas que las sostienen. Porque subestiman el impacto del agotamiento, de la ansiedad colectiva, de la desconfianza, de la desconexión social. Porque siguen pensando que la salud es un tema individual cuando, en realidad, es un fenómeno sistémico.
La inteligencia artificial amplifica esta verdad. Puede ayudar a prevenir, anticipar y cuidar. Pero también puede profundizar desigualdades, invisibilizar poblaciones y erosionar reputaciones si se usa sin ética, sin contexto y sin responsabilidad social.
Hoy, una mala decisión algorítmica puede costar más que una mala campaña de marketing. Puede romper la confianza, afectar la marca empleadora y generar crisis difíciles de revertir. La reputación ya no se pierde por lo que se dice, sino por lo que se ignora.
En América Latina, donde las brechas sociales son profundas, este fenómeno se intensifica. Cada decisión basada en datos —o en la ausencia de ellos— tiene efectos multiplicados. Por eso, invertir en inteligencia artificial aplicada a la salud pública no es una tendencia tecnológica: es una estrategia de supervivencia organizacional.
Las empresas que entienden esto están un paso adelante. No porque sean más éticas, sino porque son más inteligentes. Porque comprenden que la salud colectiva sostiene la productividad, la innovación y la confianza. Porque saben que no existe crecimiento sostenible sobre cuerpos agotados, mentes saturadas y comunidades fracturadas.
La pregunta ya no es si la salud pública afecta los mercados.
La pregunta es quién está dispuesto a asumir que ignorarla también es una decisión estratégica… y casi siempre, una mala.
En esta era, la verdadera disrupción no está en la tecnología, sino en reconocer que la salud es poder. Y que quien la entiende, lidera.


