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febrero 12, 2026El fuego que piensa
Por Gerardo Juárez “Bola”
Nunca creí que escribiría estas líneas. No porque la inteligencia artificial fuera un concepto lejano o futurista —eso lo escuchábamos desde niños—, sino porque jamás imaginé que la inteligencia artificial llegase a volverse accesible para prácticamente cualquier ser humano del planeta, en el bolsillo, en una pantalla, en la vida cotidiana, y que me tocara vivirlo.
Y sin embargo, ocurrió.
Quizás este sea el texto más importante que haya escrito, y no me refiero al efecto que pueda tener en los lectores, sino al hecho de que, como ser humano curioso y apasionado por el devenir de nuestra especie, me encuentro en febrero de 2026 con una claridad difícil de describir: somos de los primeros, al igual que todos ustedes, en usar esta nueva tecnología. Algún día se hablará de estos años como el inicio de una nueva etapa de la humanidad.
Desde ese momento no hemos visto otra cosa que el despliegue acelerado de modelos que evidencian algo más profundo que una simple innovación tecnológica: una transformación en la manera de trabajar, de pensar y, quizá, de ser humanos.
Lo que estamos viviendo se parece a un momento remoto de nuestra historia: cuando el Homo sapiens se dio cuenta de que podía controlar el fuego.
Imagínese a los primeros homínidos que intentaban trasladar fuego de un lugar a otro; no puedo pensar en una actividad más riesgosa. Seguramente hubo incontables incendios, aldeas desaparecidas, bosques enteros consumidos por ese simple intento de dominar una chispa viva. Durante cientos de miles de años, el fuego fue peligro, error y destrucción, pero también fue posibilidad.
Cuando aprendimos a gobernarlo, cambió todo: los depredadores se alejaron, la proteína se volvió más fácil de digerir, las noches dejaron de ser oscuridad absoluta y, sobre todo, apareció el tiempo. Tiempo para sentarse alrededor de una hoguera, para hablar, para pensar, para imaginar; ahí nació el ser humano reflexivo, estratégico, simbólico, el animal que ya no sólo reaccionaba a la naturaleza, sino que empezaba a gobernarla.
Pero ese proceso no fue lineal ni universal. También hubo pérdidas y resistencia: cuántas comunidades desaparecieron por completo por incendios, accidentes o errores en ese aprendizaje; cuántos asentamientos quedaron reducidos a cenizas por una chispa mal controlada. Y también, cuántas comunidades se negaron a usar el fuego, porque para muchos era una actividad asociada al mal, al caos, al fin de las cosas conocidas. Seguramente contraponía creencias primorreligiosas o proto-religiosas; invocar fuego cuando se quisiera y donde se quisiera debía parecer un acto arrogante, incluso peligroso en términos espirituales. Había quienes preferían no hacerlo, no acercarse, no tocar esa fuerza.
Y seguramente también hubo quienes lo subestimaron; quienes pensaron que no era tan importante aprender a gobernarlo, que no valía la pena integrarlo a la vida cotidiana, que no era necesario convertirlo en aliado para las tareas diarias o incluso para la guerra. Pero el fuego siguió su curso y transformó todo.
Tuve la fortuna de hacer estudios de posgrado en antropología en los Estados Unidos, y eso me permitió acercarme a muchas teorías sobre el origen y la evolución cultural del ser humano. Entre todas esas ideas, hay una que atraviesa prácticamente todas las corrientes antropológicas: el fuego es la tecnología fundamental de la humanidad.
No es simplemente una herramienta; es el punto de inflexión.
El manejo del fuego, el gobierno del fuego, el control del fuego, representó el momento en el que dejamos de temerle como cualquier otro animal y comenzamos a imaginar que podíamos dominarlo. Ese salto no fue técnico, fue mental; fue un cambio en la conciencia: pasar del miedo a la gobernanza, de la reacción al control, de la naturaleza al proyecto.
Y miren hasta dónde hemos llegado gracias a ese acto de imaginación.
El fuego permitió cocinar los alimentos y convertir esa acción en un rasgo profundamente humano: al transformar la comida, hicimos más eficiente la obtención de energía y eso permitió que nuestro cerebro creciera, una distinción fundamental frente a otros homínidos. El fuego también permitió extender el día más allá de la puesta del sol, reunirse, hablar, narrar historias, planear, recordar, soñar; permitió fundir metales, crear herramientas, motores, fábricas, ciudades.
Toda la civilización moderna es, en cierto sentido, una larga historia del fuego.
El fuego está detrás de la cerámica, de la metalurgia, de la máquina de vapor, de la electricidad, de la industria, de los motores de combustión, de las turbinas, de los microchips. Lo que empezó como una chispa temida en medio del bosque terminó convirtiéndose en la energía que mueve trenes, ilumina ciudades y sostiene la vida contemporánea.
El ser humano no sólo aprendió a usar el fuego: aprendió a gobernarlo, a domesticarlo, a integrarlo en su vida cotidiana, es decir, a adoptarlo para siempre. Ese fue el verdadero salto evolutivo: cuando dejamos de huir del fuego y empezamos a convivir con él, cuando entendimos que el riesgo no desaparecía, pero que el potencial era demasiado grande como para ignorarlo.
Lo que sí vemos con claridad es que la tecnología —como lo fue el gobierno del fuego— nos ha hecho humanos, sin lugar a dudas. Nos definió como especie, nos obligó a organizarnos, a pensar, a crear normas, a cooperar, a imaginar el futuro. Por eso es tan importante tener claridad sobre lo que somos: una especie tecnológica desde su origen, una especie que evoluciona cuando aprende a gobernar sus herramientas fundamentales.

Hoy vivimos algo muy parecido.
La inteligencia artificial generativa es, en esencia, una nueva forma de fuego, pero con una diferencia fundamental: es un fuego que piensa; un fuego que habla, que escribe, que analiza, que propone, que crea. Y, al igual que el fuego original, también asusta.
El miedo es el denominador común. Mucha gente, por temor o por ignorancia, ha decidido mantenerse al margen; se niegan a usarla, a entenderla, a adoptarla. Pero, si la historia del fuego nos enseñó algo, es que no existe una oportunidad más grande para la humanidad que aprender a gobernar las tecnologías que transforman su destino.
Hoy no hay prácticamente ningún ser humano a más de unos metros de esta tecnología: un teléfono, una computadora, una conexión. Eso es todo lo que se necesita. Empresas, gobiernos, escuelas, individuos: todos están entrando, de una u otra manera, a este nuevo territorio.
Estamos ante un momento evolutivo. El Homo sapiens tendrá acceso a capacidades que van desde lo más diminuto —el análisis molecular, el diseño de proteínas, la personalización educativa— hasta lo más gigantesco: la gestión de ciudades, economías, sistemas energéticos, redes globales de conocimiento. Vamos a dar un paso impresionante, y nos va a tocar verlo.
No es exagerado pensar que esta celeridad tecnológica será la que nos lleve a resolver problemas históricos de la Tierra: energía, salud, educación, producción de alimentos, organización social; y también será, probablemente, la que nos permita desplazarnos hacia otros planetas, explorar otras regiones del sistema solar e incluso otras galaxias en el largo horizonte de nuestra especie.
Pero, como el fuego, también existe el riesgo. El fuego permitió cocinar y protegerse, pero también dio lugar a las armas, a las guerras, a las ciudades incendiadas. En su expresión más extrema, el fuego se convirtió en bomba atómica: una energía capaz de acabar en segundos con la humanidad y con innumerables especies.
Ese recordatorio no debe paralizarnos, sino hacernos conscientes, porque la historia no ha sido la del fuego destruyéndonos, sino la del ser humano aprendiendo, una y otra vez, a gobernarlo.
La inteligencia artificial es ese nuevo fuego: un fuego que piensa, un fuego que puede destruir o puede iluminar. La diferencia, como siempre, estará en nosotros, en cómo lo gobernemos, en qué decidamos hacer con esa llama.
Soy un gran optimista de la especie humana. No tengo ninguna duda de que vienen los mejores tiempos. Pero, como nuestros antepasados frente a la primera hoguera, necesitamos aprender a adoptar este nuevo fuego que piensa; adoptarlo bien y adoptarlo rápido. Porque de esa decisión, como tantas veces en nuestra historia, dependerá el siguiente salto de la humanidad.



