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enero 16, 2026Siempre he traficado con certezas. En mi trabajo, la duda es un lujo que no me permito: aplico el bisturí editorial para separar el dato duro de la distorsión. Pero si la filosofía y el periodismo me enseñaron a buscar la verdad, la neurociencia me ha obsesionado con los mecanismos que la construyen.
Últimamente, no me basta saber que amo; necesito saber cómo lo hago. Quiero ver los cables.
Y ahí estaba el error. Creí que conocer la máquina me daba control sobre ella. Qué equivocada estaba. Justo en mi momento de mayor plenitud, mi cerebro decidió hacerme gaslighting. Fabricó una mentira perfecta, una escena de cine nítida y conmovedora, protagonizada por mi pareja.
Esta es la crónica de cómo mi mente me traicionó y de cómo la ciencia me ayudó a entender que, a veces, el cerebro miente para proteger una verdad emocional más profunda. Acompáñame a desarmar este glitch.
Escena 1: El cine noir
Estaba convencida. Apostaría mi patrimonio, mi firma y mi archivo editorial a que él me había dicho: “Me encanta trabajar mientras veo películas de fondo”.
Tenía el recuerdo táctil. Podía ver la luz tenue, sentir la textura de la conversación, el peso de sus palabras. Pero cuando lo mencioné, él me miró con una ceja levantada. —Nunca he hecho eso, Priscila. No puedo concentrarme así.
La realidad me golpeó: nunca ocurrió. Sin embargo, mi cerebro estaba editando. Nuestra historia comenzó en un cine independiente, en una primera cita envuelta en la atmósfera de una película noir con música en vivo. Esa noche fue, en términos neurológicos, un evento de alto impacto emocional. Mi hipocampo, esa estructura con forma de caballito de mar encargada de archivar memorias, decidió ser eficiente pero inexacto.
Así que tomó la etiqueta emocional “Cine/Intimidad” y, en un acto de pereza creativa, la pegó sobre la carpeta “Rutina Laboral”. Creó una escena falsa para justificar una emoción verdadera.
Escena 2: El fantasma del campo de bateo
El segundo golpe llegó días después, caminando cerca de esa plaza comercial que ha sido telón de fondo de mi vida entera. —¿Te acuerdas cuando entramos a preguntar al campo de bateo de béisbol aquí? —le solté, casual.
Él se detuvo. Me miró con esa extrañeza… esa mirada que te hace sentir una extraña en tu propia intimidad. —Nunca hemos entrado ahí.
Otra vez. El editor interno haciendo cortes arbitrarios. Desde que estamos juntos, nuestra tribu —su hijos, los míos, nosotros— es movimiento. Somos pádel, somos golf, somos deporte. Mi cerebro, operando bajo un principio de predicción bayesiana, tomó el escenario (la plaza familiar) y le incrustó la acción habitual (deporte en familia). Fabricó un recuerdo sintético para llenar un vacío espacial.
Aquí sobrevino el colapso. La duda reptante. ¿Me estaba volviendo loca? Y peor aún: la inseguridad defensiva. ¿Lo estoy confundiendo? ¿Acaso estoy proyectando recuerdos de mi pasado sobre él?
Ese pensamiento fue devastador. Sentí el vértigo de no poder confiar en mi propia biografía. Pero entonces, mi “Yo” racional —ese que procesa sistémicamente y ha leído a Kahneman— se impuso con una certeza visceral: Nadie en mi pasado ha sido como él. Lo que vivo ahora no tiene precedentes en mi archivo. No había “otro expediente” con el cual confundirlo. Si no era un error del pasado, tenía que ser un error de construcción del presente.
Me sumergí en la literatura científica como quien busca un antídoto. Y entendí. La memoria no es un documental de la BBC; es una obra de teatro experimental que se reescribe cada vez que se levanta el telón.
La reconstrucción (y del amor) en la ciencia
Lo que viví tiene explicación clínica. Se llama consolidación y reconsolidación de la memoria. Cada vez que accedemos a un recuerdo, no estamos reproduciendo un video guardado en el disco duro; estamos volviendo a montar la escena, alterándola sutilmente con nuestras emociones actuales, y volviendo a guardar esa versión modificada.
Mi cerebro operaba bajo principios de Asociatividad y Coherencia Narrativa:
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El cerebro aborrece el vacío.
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Él es mi fuente de seguridad y ocio. El cine es nuestro origen. Conclusión cerebral: Ellos trabajan viendo cine.(Falso, pero lógico).
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Él es mi compañero de deportes. Esta es mi plaza de siempre. Conclusión cerebral: Ellos batearon aquí. (Falso, pero plausible).
Mi mente no mentía para engañarme; estaba tratando de integrar mi nueva realidad —una realidad intensa, feliz y expansiva— con mis viejos mapas mentales. Estaba “renderizando” mi nueva vida y, en el proceso, se inventó un par de texturas para que el render fuera más suave.
Estudiar me hizo libre
Pasé del miedo a la fascinación. Antes, la Priscila filósofa habría buscado una crisis existencial en estos fallos. Hoy, la Priscila obsesionada con la neurociencia entiende el mecanismo y sonríe.
He aprendido a perdonar a mi hipocampo por ser un narrador poco fiable. Acepto que mis recuerdos son remixes, no grabaciones originales. Las escenas del bateo o del trabajo con películas fueron falsas en dato, pero verdaderas en significado. Representaban la integración absoluta de él en mi mundo, en mis cines, en mis plazas y en mis rutinas.
Mi cerebro inventó hechos para confirmar una verdad mucho más grande, una que ninguna resonancia magnética puede desmentir: que esta historia que estamos escribiendo juntos es tan potente, que mi mente ya no distingue entre lo que pasó y lo que podría haber pasado con él.
Y quizás, solo quizás, esa sea la definición científica de pertenencia.


