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Acabo de volver de Chicago. Estuve allá invitada por DePaul University y la revista Contratiempo para participar en el Festival Poesía en Abril. Fue una experiencia riquísima compartir versos tanto con el público que asistió a las lecturas como con colegas de Perú, Puerto Rico, Bolivia, Honduras y México, entre ellos, el maestro Homero Aridjis. Total que entre la gozadera tuve una mañana libre y me fui al Art Institute of Chicago (AIC), que exhibe una de las mejores colecciones de arte del mundo. De eso quiero hablar.

 

Lo primero que me encantó fue que, como en muchos museos actuales, por todas partes invitan a compartir fotos en redes sociales, para lo cual está disponible una red WiFi gratuita. Claro, subí la de una escultura griega, una pieza de Edward Hopper, una más de Henry Moore. Pero por otro lado me interesó cómo el AIC está aprovechando los avances tecnológicos para entender mejor las piezas de arte, tanto de su propio acervo como de otras instituciones.

Resulta que junto con la National Gallery of Art y la Northwestern University, el AIC ha estado analizando la obra La pobreza agazapada, de Picasso, pintada entre 1901 y 1904, como parte de su Periodo Azul y que es propiedad de la Galería de Arte de Ontario. Para ello, los expertos han empleado tecnología avanzada.

Al emplear distintos tipos de rayos (como los rayos X fluorescentes) han profundizado en las capas de pintura de la pieza en una suerte de escaneo, sin afectarla. Así encontraron que debajo de la mujer “azul” del artista español está un paisaje de autor desconocido, aunque quizá se trate del hispano-uruguayo Torres-García, amigo del malagueño.

Lo que resulta claro es que Picasso no se molestó en borrar el paisaje horizontal y simplemente reutilizó el lienzo, en vertical: pintó encima e incluso aprovechó las colinas ya trazadas para incorporarlas a la espalda de la mujer de su obra, revelaron los expertos hace unos días en el Encuentro Anual de la Asociación Americana para el Avance Científico, cuenta The New York Times. También descubrieron intentos del pintor por plasmar el brazo derecho de la mujer y cómo, tras no lograrlo, decidió cubrirlo con el abrigo.

Todo esto ha sido posible gracias a la aplicación de tecnología que analiza las moléculas y de ese modo permite identificar distintos minerales. Es la misma técnica que emplea la NASA para descifrar la composición de rocas marcianas. Con ese método encontraron que el hierro y el cromo usados en el amarillo y el azul coinciden en general con la obra que conocemos hoy, pero los componentes de blanco y gradaciones de amarillos, anaranjados y rojos revelan detalles sobre los intentos (fallidos) por dibujar el brazo y la mano.

 

Por otro lado, el grupo también ha estudiado 39 esculturas de bronce hechas por el mismo creador en la época de la invasión nazi a París. Los alemanes robaban los metales pesados de las obras de arte, por lo que se sospechaba que las piezas de Picasso podían tener aleaciones. Al analizarlas con este conjunto de técnicas se encontró que el artista de Málaga usó en ellas materiales como arcilla o yeso y luego los recubrió de bronce. 

Me fascina atestiguar las muchas aplicaciones que tiene la tecnología en este campo, por un lado para explorar la Inteligencia Artificial como creadora de piezas artísticas y, aquí, para asomarnos a la mente de un creador y ver los caminos que siguió su proceso creativo. El asombro sigue y sigue.

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