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Cuando en 2013 le preguntaron a Julian Barnes, escritor británico de resonancia internacional, qué significa para él la palabra “fracaso”, respondió con una historia: dijo que en sus inicios como escritor se fijó en colegas del medio. “Identifiqué dos tipos de modelos:  los que admiraba y los que no. Sentía que necesitaba de ambos, porque unos eran mi ejemplo a seguir, mientras los segundos funcionaban como advertencia”.

Con frecuencia trato de recordar este concepto: aunque es más natural poner atención en quienes me inspiran, quizá sea más necesario fijarme en quienes, a mi parecer, han fracasado, porque la derrota suele ser más instructiva que el éxito.

Lo sabe Samuel West, creador del Museo del Fracaso, con sede en Suecia. Psicólogo clínico y organizacional, West decidió reunir productos que han fracasado de forma estrepitosa (de marcas como Google, Apple, Bic, Harley-Davidson y Sony), para ver qué pueden enseñar. De hecho, concibió el museo luego de sentirse harto de historias exitosas y con la convicción de que entender un mal diseño “puede ser más valioso que imitar uno bueno”, de acuerdo con CNN.

West precisa en entrevista para Red Bulletin que no es lo mismo poner excusas que obtener algo positivo de un fracaso. “Quien busca excusas no aprende nunca de sus errores, se la pasa culpando a alguien más, incluso a Dios”. Y luego, en una entrevista de video colgada en la página del museo señala: “Cuando eres niño y rompes algo, nadie lo felicita, al contrario. Por eso pronto asumimos que el fracaso es negativo, pero no es así”.

El museo concentra una colección de 80 innovaciones fallidas, entre ellas la Coca-Cola Black, una mezcla de refresco y café, así como la máscara Rejuvenique, que a través de pequeñas pulsaciones tonificaba la piel de la cara. ¿El problema? Se veía horrible y daba resultados muy lentamente.

También incluye la salsa catsup de tomates verdes, de Heinz, y el juego de mesa Trump, un fracaso redondo: vendió 800 mil unidades pero se esperaba que fueran mínimo 2 millones. A la gente no le gustó porque aunque era similar al Monopoly, resultaba complicado de entender. Además, si por fin lograbas descifrar el instructivo, descubrías que jugarlo era aburrido. Está también el TwitterPeek, dispositivo portátil de 200 dólares que solamente ofrecía acceso a esa red social. El “detalle” es que ya todo el mundo tenía teléfonos inteligentes, entonces para qué el aparatito.

¿Qué ha aprendido West con este proyecto original? Primero, que las innovaciones fallidas no pusieron al usuario en el centro. Los diseñadores jamás se plantearon preguntas como: ¿Qué va a hacer la gente con esto? ¿De qué modo añade valor a su vida? Pero West subraya una segunda idea importante: debemos dejar de temer al fracaso, no es una enfermedad contagiosa. Aprender de los errores necesario, de hecho, la página del museo sostiene: “Mostrar estos fracasos ofrece a los visitantes una fascinante experiencia de aprendizaje”.

El museo tiene una exposición itinerante, que entre 2018 y 2019 va a mostrarse en Los Ángeles, Nueva York, Shanghai y Tokio, aunque ya ha pasado por Arabia Saudita, Noruega, Bélgica, Ámsterdam y Viena.

Me dan mucho gusto iniciativas como esta, que me obligan a repensar conceptos que tengo por “obvios”: ¿y si en vez de huirle a los errores (cosa imposible) mejor aprendo de ellos?

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Escritora y editora con estudios en Contenidos Digitales, Universidad de Stanford. Dice que lo mejor que le ha pasado son su hija, las palabras y las pasitas con chocolate. Cree que nada conecta mejor que una historia bien contada, por eso el Storytelling y el Content Marketing son su especialidad.