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Yo podría asegurar, sólo por convivir, que me encantan las selfies. Pero no. Más o menos me chocan.

Como yo, durante años los museos padecieron las autofotos: pusieron decenas de guardias frenéticos en las salas, dedicados a prohibir que la gente se fotografiara ante piezas de Goya, Durero, Caravaggio o Miguel Ángel. Pero a alguien en algún museo se le ocurrió que en vez de pelear contra las selfies, mejor las usaran a su favor. Y, claro, funcionó.

 

Este año, espacios culturales alrededor del mundo han exhibido tanto instalaciones como piezas interactivas, colocadas justo con la idea de que la gente se tome selfies y las comparta. Ello ha significado no sólo atraer más visitantes, sino también volverse tema de conversación global. “Instagram, Twitter y Snapchat han convertido las muestras de arte en experiencias de cultura pop”, señala la periodista Ellen Gamerman en un artículo publicado en The Wall Street Journal.

 

Entre los artistas más cotizados en este sentido está Yayoi Kusama: seis de sus Espejos Infinitos ocuparon desde febrero las salas del Museo Smithsonian Hirshhorn, en Washington. En efecto, hubo un récord de visitantes. Aunque es difícil saber qué tanto influyó la viralización de las imágenes, la directora del museo tiene clara la importancia de aprovechar las redes: “Hoy es más fácil que nunca construir una comunidad local y también tener presencia nacional e internacional. Las redes sociales permiten hacerlo de una manera que antes resultaba totalmente impensable”.

 

En México también nos consta que funciona: en 2015, el Museo Rufino Tamayo presentó una exposición de Kusama, a la que acudieron (acudimos) más de 300 mil personas. En la habitación Espejo Infinito podías permanecer apenas unos momentos, suficientes para retratarte ante los globos de forma fálica y los espejos de fondo. Al terminar la exposición, pasabas al Cuarto de la anulación, donde niños y adultos podían pegar etiquetas en forma de lunares de colores sobre paredes, piso, techo y objetos. Al apropiarte del espacio y borrar toda huella de blanco, participabas activamente de la experiencia kusamesca.

 

Del otro lado de la moneda, ahora mismo se presenta en el Museo Jumex de la capital, la muestra Andy Warhol. Estrella Oscura. Más de 130 mil personas la han visitado y aunque seguramente varios miles hubieran querido tomar cantidad de fotos, el museo lo tiene prohibido. Según explicó la directora de comunicación del recinto a The Huffington Post, esto se debe a que las piezas son préstamo de 18 instituciones diferentes, cada una de las cuales tiene sus propias políticas en cuanto a imágenes: algunos las permiten y otros, no. “Como las obras están juntas, nosotros no podemos decir a la gente: ‘a ésta sí le puedes tomar foto, a ésta, no’”.

 

En Instagram, el hashtag #art tiene más de 273 millones de publicaciones, mientras el Louvre cuenta con casi 2 millones, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, con 1.2 millones y Museo Jumex, 36 mil. La relación entre selfies y los museos va a seguir dando en qué pensar, porque también existe un movimiento fuerte de hacer que las propias piezas clásicas se tomen fotos: ¿cómo es ver que la Gioconda le hace caras al celular?

En una columna futura hablaré de ese tema.

 

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Escritora y editora con estudios en Contenidos Digitales, Universidad de Stanford. Dice que lo mejor que le ha pasado son su hija, las palabras y las pasitas con chocolate. Cree que nada conecta mejor que una historia bien contada, por eso el Storytelling y el Content Marketing son su especialidad.