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El chiste se publica durante alguna jornada intensa y de efervescencia en las redes sociales en contra de alguna expresión del sistema político.

El niño que le pregunta a su padre “Oye papá, tú luchaste en contra de los políticos corruptos? y el padre le contesta: “Sí, hijo. Hicimos Trending Topic en Twitter durante días, y hubo cuentas bloqueadas en Facebook, muchos unfollows… —Wooww contesta el niño.

Las redes sociales han sido eficaces para radicalizar posiciones en torno a los asuntos públicos, lo que la evidencia empírica explica desde la forma como cada usuario va conformando sus redes. Con abundantes ejemplos los expertos detallan la razón que los algoritmos de las plataformas sociales hacen que los muros se vayan construyendo a partir de las interacciones más cercanas.

Sin embargo, uno de los errores más grandes que han cometidos las organizaciones partidistas es creer que un activista en Twiter o Facebook también lo es en la calle, o peor aún, lo es el día de la votación.

Es el caso de la protestas en México con motivo del alza en el precio de las gasolinas: millones de mensajes en las redes sociales en contra del Gobierno, todos llamando a la protestas y a la hora de la verdad, los manifestante son siempre los mismos, en las ciudades de siempre.

Detrás de este fenómeno propio de la era digital está la versión más cruda del slacktivism (o activismo de sofá) ese término acuñado con cierta burla que las mismas plataformas han aplicado a quienes desde la comodidad de su dispositivo pretender cambiar las estructuras políticas y sociales con un click, compartiendo y opinando de temas sensibles.

La transformación digital de la ciudadanía provoca diálogos virtuales entre la gente de todo el mundo más allá de las fronteras geográficas lo que permitió el involucramiento mundial en la elección de los Estados Unidos.

No había país en donde no trascendieran las expresiones de rechazo hacia Donald Trump, las cuales, si bien eran emitidas a cientos de miles de kilómetros de Estados Unidos, sí eran leídas en tiempo real por los partidarios del magnate durante su campaña.

Era tal la agresividad contra Trump, que sus partidarios decidieron guardar silencio en las redes y los medios de comunicación y hablar en las urnas, en donde el voto es secreto y no serían “linchados en la hoguera digital”.

Del otro lado, las marchas y las protestas contra Donald Trump no cesaron pero de acuerdo con las principales plataformas de opinión y las encuestadoras globales, esto no se reflejó a la hora de votar.

Aquí nos hemos referido al politólogo norteamericano Francis Fukuyama quien advertía hace años que las redes facilitaban la organización de protestas y detonaban demostraciones de descontento hacia un régimen pero en rigor, solo producían el equivalente a un fogonazo en un sartén sin el suficiente calor para mantener la casa caliente durante un periodo largo, pues según Fukuyama, nada se compara con el tedioso trabajo de organizar un partido calle por calle.

Ya vimos ésta tesis reflejada en aquel célebre #YoSoy132 contra Enrique Peña Nieto en 2012. En efecto, no pasó de ser un mero fenómeno viral sin efectos electorales relevantes.

La generación conectada no cree en las urnas, tampoco en los valores de la democracia porque ésta no se ha reflejado en su bienestar.

La gran mayoría de los mexicanos cree que los políticos no se preocupan por ellos, no confían en las instituciones y no esperan nada de sus semejantes. No existe pues ciudadanía real que forme competencias cívicas, fortalezca la convivencia democrática, promueva el ejercicio de los derechos ciudadanos e impulse espacios de participación.

 

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