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 Campañas y medios sociales; riesgo sistémico

En 2016, los medios sociales en México serán cruciales para la vida de unos 40 millones de mexicanos que viven en 13 Estados del país en donde se elegirán nuevas autoridades locales.

Y aunque parecería algo normal en un país con un sistema político basado en una democracia electoral, lo cierto es que el contexto digital en el que estamos inmersos la mayoría de los mexicanos impone retos monumentales para todos los involucrados en mayor o en menor medida en este proceso.

Hoy día, la opinión pública se genera en mayor medida a partir de lo que la gente encuentra en los buscadores de internet, lo que ve en las redes sociales y en los contenidos que comparte en sus dispositivos móviles.

Desde hace ya varios años, las campañas políticas privilegian la dispersión de contenidos proselitistas en plataformas controladas (Sitio web); de participación (blogs de terceros, webs ajenas, foros y comunidades online) y especialmente en redes sociales (WhatsApp, Instagram, Vine, Facebook, Twitter, Spotify, LinkedIn, YouTube, etc.), por encima del trabajo en territorio.

Sin embargo cada vez será más difícil distinguirse en el ecosistema digital, por lo que los sociedad, partidos e instituciones enfrentan un desafío colosal para el que la mayoría los participantes no está preparado.

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RIESGO SISTÉMICO

En economía y finanzas, los agentes se encuentran ante un riesgo sistémico cuando la inestabilidad de un actor provoca riesgos para todo el sistema en razón de los lazos e interrelaciones entre todos los involucrados.

Algo similar amenaza a la democracia mexicana por el modelo de comunicación política vigente y en el que los medios digitales enfrentan el reto  de abonar a la participación ciudadana con el riesgo de provocar un daño mayúsculo a la vida democrática nacional en perjuicio de millones de mexicanos.

Desde hace varios años, diversas reformas constitucionales en nuestro país prohibieron a los partidos políticos la contratación de publicidad en los medios de comunicación. El Estado asumió entonces el monopolio de difusión en radio y televisión de los mensajes de proselitismo de las instituciones partidistas, ejerciendo el derecho a usar tiempos oficiales para tales fines en las empresas privadas, lo que hoy de traduce en un ‘bombardeo’ diario de miles de spots de los aspirantes a ocupar cargos de elección popular y que provoca ya, una especie de hartazgo entre la sociedad.

En respuesta, los actores políticos le dan la vuelta a este anacrónico modo de publicitar su oferta partidista con el uso de medios sociales para divulgar sus propuestas.

Las redes sociales que han cobrado especial relevancia en la vida diaria de las personas desde el punto de vista de interacción social a partir de intereses comunes, hoy son el espacio que ocupan los políticos para buscar el voto, lo que ya no causa gracia.

En la nueva economía comunicacional, donde son los usuarios quienes crean contenido, lo comparten y deciden qué ver y cuándo lo quiere ver, la invasión de propaganda política amenaza además la convivencia entre usuarios que pueden estar o no de acuerdo en el gusto por una comida y hasta en la afición hacia un equipo de fútbol, pero difícilmente aceptan cuestionamientos y discrepancias sobre sus preferencias políticas.

En el lado de los partidos, los equipos de campaña se enfrascan en difundir contenidos estratégicos que agreguen valor a la reputación digital de sus candidatos a través de agendas editoriales estructuradas con el fin de conectar, construir narrativa, etc.

Para tales fines, los vicios del sistema político mexicanos vuelven a surgir; el clientelismo, el corporativismo la cooptación de medios, la publicidad disfrazada de historias y en especial, las inversiones en las principales redes sociales disfrazadas de historias genuinas y naturales están por todos los muros de los usuarios.

En medio de lagunas jurídicas por el uso del internet en las campañas electorales, hemos pasado del acarreo de aplausos y matracas al ‘like and share’ y de las columnas compradas al posteo influido, de las porras a los comentarios, de la indefinición política a la ausencia de ADN digital en los candidatos

La democracia mexicana parece que ha cambiado de arena y de formas quizá, pero el sistema político y sus vicios, permanecen vigentes.

En las redes sociales, donde el que no conversa no juega, los grupos de apoyo de los partidos y de los candidatos están controlando la conversación de los candidatos; se ven y producen más contenido que los propios protagonistas de la competencia.

El usuario común no sólo no tiene mucho espacio para formar parte del diálogo sino que cualquier expresión que difiera del perfil de algún político aludido es opacado por un ejército de activistas.

La permanencia de esta emergente manera de hacer política  podría provocar el mismo daño que el anterior modelo de comunicación política hizo a la vida democrática al inhibir la participación ciudadana y facilitar las condiciones para que el sistema político mexicano siga vigente como hasta ahora, solo que ya no en las calles ni en las colonias sino en el ecosistema digital en el que todos participamos de alguna u otra forma.

 

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